Adelgazar no es solo inyectarse: la advertencia de una especialista del Clínicas sobre los medicamentos para la obesidad
Pilar Quevedo, jefa de Nutrición Clínica del Hospital de Clínicas de la UBA, explica cómo actúan la semaglutida y la tirzepatida y por qué, sin controles ni cambios de hábitos, el resultado se cae apenas se deja la medicación.

A veces uno escucha por ahí, en la verdulería de la esquina o en la sala de espera del centro de salud, que adelgazar es cuestión de pincharse una lapicera mágica y listo. Quiero contarles algo que escuché de alguien que sabe del tema y que me dejó pensando: no es tan simple, ni muchísimo menos. Por eso me puse a repasar lo que dice una de las voces más escuchadas en la Argentina cuando se habla de tratar la obesidad con fármacos. Hablo de Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, que puso sobre la mesa algo clave: la medicación sola no alcanza, y el municipio, cuando llega el caso a la salita barrial, suele responder con un folleto y un turno para dentro de tres meses.
Lo primero que la especialista aclaró, en una charla que se difundió en las últimas horas, es que cualquier tratamiento farmacológico serio arranca con una evaluación médica completa. No es ir a la farmacia, comprar lo que le recomendaron a una amiga y empezar a inyectarse. Hay que mirar al paciente entero: cuánto pesa, cuánta grasa tiene, cuánta masa muscular conserva, qué enfermedades arrastra y cómo responde el cuerpo a las primeras dosis. La dosis, además, se sube de a poco, en un proceso que los médicos llaman titulación, para que el organismo se acostumbre sin pasar sobresaltos.
Qué hacen estos medicamentos en el cuerpo
Acá viene lo que más me llamó la atención y creo que vale la pena explicar sin vueltas. La semaglutida y la tirzepatida no son quemadores de grasa ni anfetaminas. Son drogas que copian unas señales que el intestino produce de manera natural y que viajan hasta el cerebro, el estómago y el páncreas. La semaglutida trabaja sobre un solo receptor; la tirzepatida va un paso más allá e interviene sobre dos vías complementarias. El resultado, en criollo, es que la persona come menos porque le llega antes la sensación de saciedad y se le calma esa hambre que parece no tener explicación.
“El hambre intensa, la dificultad para sentirse satisfecho y el picoteo entre comidas forman parte de una enfermedad multifactorial y no pueden explicarse solamente por la voluntad individual.”Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA
Por qué el resultado se pierde cuando se deja la medicación
Hay un dato que a mí, personalmente, me parece de los más importantes de todo lo que dijo Quevedo y que pocas veces se cuenta con esta claridad: cuando uno adelgaza, el cuerpo se defiende. Activa mecanismos que empujan para recuperar el peso perdido. Por eso estos fármacos, mientras se usan bajo indicación profesional, ayudan a sostener el descenso. Pero el día que se dejan, si no hay una estrategia que acompañe, puede aparecer lo que los médicos llaman recurrencia. Es decir, los kilos vuelven, y a veces vuelven con intereses.
- Alimentación adecuada y acompañamiento nutricional durante todo el tratamiento.
- Actividad física que combine trabajo de fuerza y ejercicio cardiovascular.
- Descño e hidratación como pilares, no como detalles.
- Controles profesionales periódicos que midan grasa, músculo y respuesta al fármaco.
- Un entorno familiar y laboral que favorezca los cambios de hábitos, porque solos es mucho más difícil.
Lo que todavía falta y lo que yo me llevo como aprendizaje
Hay algo que me queda dando vueltas después de escuchar a esta especialista y que quiero compartir con quien llegue hasta acá: durante años nos vendieron que la obesidad era un tema de esfuerzo personal, de fuerza de voluntad, de dejar la milanesa con papas fritas. La medicina viene diciendo, cada vez con más evidencia, que es una enfermedad multifactorial, con componentes genéticos, hormonales y ambientales que no se resuelven con una dieta de dos semanas ni con un reto viral de TikTok. Reconocer eso no es rendirse, es empezar a tratar el problema como lo que es.
Ahora bien, y acá viene lo que a mi juicio falta y mucho: que el sistema de salud público, desde las salitas barriales hasta los hospitales de referencia, se prepare de verdad para acompañar estos tratamientos. No alcanza con recetar la droga. Hay que tener nutricionistas, profesores de educación física, psicólogos y endocrinólogos que hablen entre ellos y que sigan al paciente a lo largo del tiempo. Si no, vamos a terminar con miles de personas que empezaron ilusionadas y que abandonaron el tratamiento en silencio, engordando de nuevo, sintiéndose fracasadas cuando en realidad el sistema las dejó solas. Eso, para mí, es lo que todavía estamos debiendo.
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