Cerebro y corazón pasan por la calle: la receta de López Rosetti para sumar años con autonomía
El médico clínico y cardiólogo Daniel López Rosetti propuso una rutina que combina caminatas, fuerza, controles clínicos, buena alimentación, descanso y vida social. Cómo armarla de manera gradual y cuándo conviene frenar y llamar al médico.

Me lo cruzo seguido, caminando por la acequia de mi barrio, ese pasillo angosto de pavimento roto y yuyos altos que parece el riñón de la cuadra: un vecino que después de los setenta empezó a salir todos los días con la misma zapatillas y volvió a sentirse dueño de sus pasos. Esa imagen, tan nuestra, es la que mejor resume la idea que volvió a poner sobre la mesa el médico clínico y cardiólogo Daniel López Rosetti: cuidar el cerebro y el corazón no es un trámite de consultorio, es una rutina diaria que empieza en la vereda.
Caminar, pero no de cualquier manera
Para empezar, la caminata. López Rosetti sugirió juntar 150 minutos por semana, repartidos en cinco días de media hora cada uno. Una forma simple de medir el ritmo, explicó, es poder conversar mientras uno se mueve, sin quedar agitado. Lo que desaconsejó fue concentrar el paquete semanal en una sola jornada, como hacen muchos vecinos que solo salen el domingo y creen que eso alcanza.
La caminata, aclara, no es un castigo ni una obligación competitiva: es una base. Por eso propuso elegir una caminata con amigos, una actividad en el club barrial o un grupo de baile, según el gusto de cada uno. La idea es que el movimiento se sostenga en el tiempo, algo que en la Argentina de hoy, con los precios por las nubes y las agendas siempre apretadas, no es un detalle menor.
La fuerza, ese músculo que se olvida
Después de los años, la pérdida de fuerza golpea donde más duele: en la autonomía. Por eso López Rosetti insistió con el trabajo muscular, dos o tres veces por semana. No hace falta un gimnasio sofisticado: alcanza con levantarse de una silla y volver a sentarse, hacer flexiones contra una pared o usar bandas elásticas y cargas livianas en casa. En personas mayores, dijo, este tipo de entrenamiento sostiene el tono muscular, el equilibrio y la posibilidad de valerse por uno mismo, algo que ningún jubilado está dispuesto a regalar.
Señales para frenar y consultar
La progresión, aclaró, debe ser gradual. Y puso señales claras que obligan a detener la actividad y pedir turno: mareos, dolor de pecho, palpitaciones o falta de aire inusual. También sumó una que muchos subestiman: la dificultad para respirar durante las tareas habituales, como subir dos tramos de escalera o tender la ropa. Para él, eso ya merece una evaluación médica.
Más allá del movimiento: lo que el municipio todavía no cuenta
La rutina física es solo una parte. López Rosetti pidió controlar la presión arterial, la diabetes, el colesterol y otros lípidos, atender la obesidad y dejar el cigarrillo. Su razonamiento es directo: cerebro y corazón dependen de la sangre que llega con oxígeno y nutrientes, así que cuidar las arterias es cuidar los dos órganos al mismo tiempo. A eso le sumó dormir bien, una alimentación de tipo mediterráneo con verduras, frutas y legumbres, moderar el alcohol y consultar ante cuadros depresivos, una pelea silenciosa que en la vejez muchas veces queda tapada por los turnos médicos y la falta de respuesta del municipio.
En ese mapa general, el especialista incluyó un punto al que pocos le dan importancia hasta que ya es tarde: la pérdida auditiva. Explicó que no se trata solo de un tema de oídos, sino de comunicación y de contacto con otras personas, dos combustible cotidiana contra el aislamiento. Una audición deteriorada, dijo, termina empujando al adulto mayor a quedarse en casa, dejar de juntarse en el club del barrio y, con el tiempo, perder red social. Ahí, otra vez, se pone en juego la autonomía que toda la rutina busca preservar.
La propuesta, en el fondo, es bien criolla: empezar por lo que se tiene a mano, sostenerlo y sumar de a poco. En mi recorrida por la acequia todavía hay trechos sin iluminar y vecinos que caminan con miedo de noche, y eso muestra que la receta individual sigue chocando con lo que falta afuera: veredas en condiciones, plazas seguras y políticas públicas que acompañen a quienes intentan hacer las cosas bien desde casa. Mientras tanto, como me dijo una vecina del barrio a la que llamaremos Susana mientras cruzaba la plaza con sus llaves en la mano, uno sigue saliendo igual, porque quedarse quieto es peor.
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