Cinco años y ocho meses: lo que cuesta en salud mental sentirse solo
Un estudio sobre más de 277 mil adultos del Biobanco del Reino Unido separó los efectos de la soledad y del aislamiento social sobre los años de vida sin enfermedades. Los hábitos saludables amortiguaron unas pérdidas, pero no todas.

A veces uno cruza la calle Ceballos, en el barrio de San Telmo, y se cruza con don Ernesto, que tiene ochenta y dos años y vive solo desde que su mujer murió en 2019. Me dijo la semana pasada algo que se me quedó dando vueltas: "No es lo mismo estar solo que sentirse solo, m'hijo". Esa frase, sin saberlo, resume el corazón de una investigación que acaban de difundir desde la Universidad de Tulane y que pone números concretos a una distinción que muchas veces se mezcla en la conversación cotidiana.
El trabajo siguió durante años a más de 277 mil participantes del Biobanco del Reino Unido, todos ellos adultos de entre 40 y 69 años que al momento de ingresar al estudio no padecían ninguna de las siete condiciones evaluadas: diabetes, enfermedades cardíacas, problemas pulmonares, demencia, cáncer, depresión ni ansiedad. Para estimar cuántos años de vida sana podían esperar, los investigadores tomaron los 50 como punto de referencia y observaron qué les sucedía con el paso del tiempo.
Dos situaciones distintas, dos efectos distintos
El aislamiento social y la soledad suelen usarse como sinónimos, pero el estudio los separa con bisturí. El primero describe la cantidad de vínculos: tener pocas relaciones o interactuar poco. La segunda apunta a la calidad percibida: el malestar por la falta de una conexión significativa, tal como lo define el Consejo Nacional de Envejecimiento. Por eso alguien puede estar objetivamente aislado y, aun así, sentirse acompañado, y al revés: vivir rodeado de gente y experimentar esa punzada seca de no pertenecer.
- En mujeres con ambas condiciones, los años estimados sin enfermedades físicas cayeron 2,4 años respecto de quienes no padecían ni aislamiento ni soledad.
- En los hombres, esa misma brecha fue de 1,7 años para la salud física.
- En salud mental, las mujeres perdieron 3,7 años y los hombres llegaron a perder 5,8 años, la brecha más amplia de todo el trabajo.
- Los hábitos saludables (alimentación, ejercicio, sueño reparador y no fumar) amortiguaron las pérdidas asociadas al aislamiento social, pero no borraron de manera significativa las vinculadas con la soledad.
Esa última fila me parece la más importante para cualquiera que viva en una ciudad como Buenos Aires, donde la marcha diaria empuja a postergar vínculos y donde solemos confiar en que una buena alimentación o la cuota del gimnasio compensan el resto. Lo que dice esta investigación es más crudo: cuando la falta es de conexión sentida, no de contacto, los hábitos saludables no alcanzan a hacer todo el trabajo. Las cifras, aclaremos, hablan de años libres de las enfermedades estudiadas, no de años de vida literalmente perdidos.
La palabra del equipo que lideró el estudio
“Nuestros hallazgos muestran que tanto la salud física como la mental se ven afectadas, y que debemos considerar la soledad y el aislamiento social por separado al evaluar los riesgos para la salud.”Lu Qi, investigador principal, Universidad de Tulane
El comunicado se difundió el 22 de septiembre de este año y colocó al tema otra vez en el centro del debate. Para dimensionarlo, vale recordar que la Organización Mundial de la Salud viene señalando desde hace años a la soledad como un problema de salud pública con efectos comparables a los del tabaquismo o el sedentarismo. Esta investigación no viene a decir algo nuevo en términos absolutos, pero sí a ponerle cifras por separado a cada fenómeno, algo que hasta ahora costaba encontrar en la literatura.
Mientras tanto, en los municipios del conurbano bonaerense y en la propia Ciudad, las áreas de Tercera Edad suelen concentrar sus políticas en talleres y actividades grupales, que apuntan sobre todo al aislamiento. Lo que este estudio sugiere es que falta un segundo paso: trabajar también con el sentimiento de soledad, algo más sutil y más difícil de abordar, porque no se resuelve únicamente con sumar gente en una sala. Don Ernesto, mientras tanto, sigue yendo a la placita de la esquina todas las tardes a las cinco. "No es para no estar solo", me aclara con una media sonrisa. "Es para no sentirse solo". Esa diferencia, que parece mínima, es la que acaba de poner en números una investigación que vale la pena mirar de cerca.
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