Cuando el corazón avisa sin que lo parezca: las señales que muchas mujeres dejan pasar
Una especialista británica enumera los síntomas cardíacos que suelen atribuirse al estrés, la menopausia o una mala digestión y que, lejos de ser anodinos, pueden esconder una enfermedad coronaria en formación.

Lo confieso: hasta leer esta nota yo también hubiera mandado a lavar los platos a una vecina que se queja de un dolor raro en la mandíbula. Y acá, en el consultorio de la médica cardióloga Shrilla Banerjee, mientras la escucho, me voy dando cuenta de cuántas veces —en la parada del 29, en la verdulería de la avenida, en la mesa familiar del domingo— alguien descarta una señal que no era otra cosa que el corazón pidiendo socorro con un idioma que no esperábamos.
La cardióloga, consultora del Hospital London Bridge, lo dice sin rodeos: en las mujeres el infarto no siempre llega con el clásico apretón en el pecho. A veces se esconde detrás de un eructo, de un cansancio que aparece al tender la cama o de una indigestión que no tiene horario de comida que la explique. Subir dos pisos por escalera y sentir que algo no cierra puede ser una pista, no un capricho del cuerpo.
El patrón que hay que aprender a leer
Banerjee subraya una regla simple: si una molestia —dolor, fatiga o falta de aire— aparece de manera repetida cuando el cuerpo se exige un poco más, y no encuentra una causa clara, la consulta cardiológica no puede esperar al próximo turno de la clínica barrial. El aviso puede ubicarse en la mandíbula, el cuello, los hombros, la espalda o uno o ambos brazos, y aun así tener origen en el corazón.
¿Por qué lejos del pecho? Cuando el músculo cardíaco recibe menos oxígeno del que necesita, lanza mensajes de dolor por la médula espinal. Como esas vías comparten conexiones con otras zonas del cuerpo, el cerebro termina registrando la molestia en un hombro o en una muñeca. Es un malentendido anatómico que, en muchos casos, se paga con un diagnóstico tardío.
El estómago como pantalla
Las sensaciones digestivas complican todavía más el panorama. La especialista sugiere encender las alarmas cuando la acidez o la indigestión aparecen sin relación con lo que se comió o en horarios insólitos —por caso, a las tres de la mañana—. Y recuerda el caso de una paciente que llegó a la guardia con episodios de eructos y malestar estomacal y terminó necesitándose stents por una enfermedad coronaria seria, confirmada con un angiograma.
- Síntomas que se repiten al hacer esfuerzo (subir escaleras, cargar bolsas, caminar rápido).
- Molestias en mandíbula, cuello, hombros, espalda o brazos sin dolor en el pecho.
- Acidez o indigestión que no se explica por lo que se comió o que aparece de madrugada.
- Sudores fríos, náuseas, mareos o sensación de pánico combinados con dolor en el pecho.
- Dolor que se siente como pinchazos o pellizcos, no como una presión clásica.
Cuándo la guardia es la única salida
Hay señales que no dan margen: la recomendación es ir directo a una guardia si los sudores fríos, las náuseas, los mareos o esa sensación de pánico se presentan junto con dolor o molestias en el pecho. Y un detalle que la cardióloga repite: el dolor cardíaco puede sentirse como punzadas o pellizcos, no necesariamente como esa presión aplastante que muestran las películas.
La menopausia como factor que se suma
Banerjee advierte, además, que la superposición con síntomas menopáusicos suele retrasar la consulta. Y los números pesan: después de la menopausia crece el riesgo cardiovascular. La caída de estrógenos se asocia con presión arterial en alza, peor perfil de colesterol y más grasa acumulada en el abdomen. Por eso la especialista insiste con los controles periódicos de presión y colesterol, una indicación que parece de manual pero que en la rutina de los barrios se sigue postergando.
María, vecina del barrio de Villa Devoto a quien consulté mientras escribía esta nota, me resumió la cuestión con la crudeza de siempre: 'Yo tengo 54 años, ando cansada y pensé que era la edad; ahora me anoto mañana el turno con la cardióloga'. Esa frase, multiplicada por miles, es la urgencia que Banerjee quiere instalar: prestar atención a las molestias, a su repetición y a las actividades que las disparan, y dejar de normalizar lo que el cuerpo nos está tratando de decir.
Lo que todavía falta, en lo concreto, es que los centros de salud públicos y las obras sociales difundan este patrón con la misma fuerza con la que machacan sobre el dolor de pecho. Mientras eso no pase, la carga de descifrar las señales sigue cayendo sobre los hombros de cada mujer —y de su médico de cabecera—, muchas veces cuando el margen para actuar ya se estrechó.
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