Viernes, 11 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Buscar ⌕

Diario Dos Voces

PortadaVida

Cuando el cuerpo va al trabajo y la cabeza se quedó en la mesita de luz

Despertares a las tres de la mañana, olvidos que antes no existían y una irritabilidad a flor de piel pueden ser señales de que el sistema de alarma lleva demasiado tiempo encendido. Especialistas consultados marcan la línea entre una semana pesada y un cuadro que, sin nombre clínico todavía, ya empieza a cobrarse factura.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 11 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Vivo en una cuadra cualquiera de un barrio cualquiera, de esos donde todavía se escuchan los pájaros a la mañana y los vecinos se cruzan en la esquina con el termo bajo el brazo. Y sin embargo, en las últimas semanas, las conversaciones en la vereda vienen girando sobre lo mismo. Mi vecina Marta me dijo el otro día que se despierta a las cuatro de la madrugada sin motivo y se queda mirando el techo, mientras cuenta las horas que le faltan para volver a la oficina. No es la única. A Ernesto, que labura en una fábrica de la zona, se le corta el hilo de lo que está diciendo a mitad de una frase y se enoja consigo mismo, algo que antes no le pasaba. La pregunta empieza a repetirse en las mesas familiares: cuándo el cansancio deja de ser una semana pesada y se convierte en algo que ya no se va solo.

La diferencia entre una mala semana y una alerta que no se apaga

Porque hay una diferencia, y es enorme, entre pasar unos días complicados y vivir en alerta permanente. Lo segundo es más difícil de detectar, justamente porque la rutina puede seguir en pie mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos vienen advirtiendo hace tiempo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones. Estos síntomas, aclara la literatura médica, no siempre aparecen juntos ni de forma evidente. La mayoría de las veces se presentan dispersos, como pequeñas pérdidas que uno atribuye a la edad, al café de más o al teléfono que no se apaga.

Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology pasó por alto esa tentación. Analizó 45 revisiones y más de 2.000 estudios, y encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio, publicado en 2024 en Neurobiology of Stress, sumó otra pieza: la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta. Lo que la calle ya venía notando, la academia lo está empezando a sistematizar.

“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University

El modo supervivencia, un nombre que no es diagnóstico pero ayuda

Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University, lo explicó con una imagen que me quedó dando vueltas: el problema aparece cuando la respuesta de estrés no se apaga. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos, y organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes. No es casual entonces que tantas personas terminen el día sintiéndose agotadas aun cuando no hicieron un gran esfuerzo físico. El gasto estuvo en otra parte.

  • Sueño fragmentado: despertares nocturnos sin razón aparente o dificultad para volver a dormirse.
  • Problemas de concentración: perder el hilo de una idea, olvidar lo que se iba a decir, leer dos veces el mismo párrafo sin retenerlo.
  • Irritabilidad creciente: reacciones más fuertes de lo habitual ante contratiempos menores.
  • Fatiga que no se explica: terminar el día sin energía aun cuando la jornada no fue exigente.
  • Dificultad para decidir: desde qué comer hasta resolver un trámite sencillo se vuelve una carga.
  • Sensación de ir en piloto automático: cumplir con la rutina pero con la sensación de estar fuera de foco.

Qué responde (y qué no) el sistema de salud

En los centros de salud pública de la zona todavía no hay un protocolo específico para detectar este cuadro. Los médicos de cabecera lo reconocen cuando lo escuchan, pero suele quedar registrado como insomnio, como ansiedad o como un cuadro inespecífico de cansancio, sin que se lo aborde como lo que muchas veces es: un estado de alerta sostenido que pide otro tipo de respuesta. En el hospital de la zona, una de las profesionales con las que hablé para esta nota me dijo, off the record, que lo más frecuente es que el paciente llegue con un síntoma concreto y se vaya con un tratamiento para ese síntoma, sin que nadie pregunte por el patrón de fondo.

Porque el dato que más me preocupa es este: el cuadro pasa desapercibido justamente porque la rutina sigue funcionando. Uno llega a horario, responde mensajes, cumple con lo que tiene que cumplir. Pero convive con un sueño cada vez más roto y con una tolerancia a la frustración cada vez más corta. Eso, dicen los especialistas, es la trampa. El cuerpo se acostumbra a funcionar mal y la persona interpreta que está bien, hasta que un día un hecho menor, una mala noticia laboral o un cruce de palabras en la cocina, termina de tirar abajo un equilibrio que en realidad ya estaba roto.

Lo que sigue faltando, y aquí es donde quiero poner el dedo, es una respuesta sanitaria que tome este patrón por lo que es: no un capricho, no una debilidad, no una moda. Un problema de salud pública que se está cocinando en silencio en miles de casas, de aulas y de oficinas, y que todavía no tiene espacio propio en la agenda. Mientras tanto, en mi barrio, Marta sigue mirando el techo a las cuatro de la mañana y Ernesto se sigue enojando con sus propios olvidos. No porque les falten ganas, sino porque nadie les explicó todavía que el cuerpo les está hablando en un idioma que todavía no aprendimos a escuchar.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo