Viernes, 28 de agosto de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕

Diario Dos Voces

PortadaVida

Cuando el velorio se llena de música, comida y mar: cinco maneras de decir adiós que no son las nuestras

En Nueva Orleans, México, Bolivia, Ghana y entre los surfistas del Pacífico, el duelo se trabaja con banda, altares, cráneos bendecidos, ataúdes con forma de pez y flores tiradas al agua. Recorrido por rituales que convierten la despedida en un acto colectivo, y por lo que todavía nos cuesta incorporar.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 27 DE AGO DE 2026 · 5 min de lectura
waftg

Cuando uno se crió en cualquier barrio de acá, lo más cerca que estuvo de un ritual funerario fue el velatorio en la casa de la abuela, el café con masitas en el living y el silencio del cementerio de la calle Talcahuano. Después, con los años, la mayoría fue sumando la versión más light: la iglesia con el féretro abierto, un par de coros grabados, el almuerzo de pastas y el pésame que se da por WhatsApp. Eso, para nosotros, ya es bastante. Pero el mundo tiene otras formas de despedir a los muertos, y varias de ellas parecen, a primera vista, una fiesta. No lo son. Son otra manera de hacer el duelo, y de paso dejan al descubierto lo que acá todavía nos cuesta: compartir el dolor en vez de tragarlo solos.

Nueva Orleans: banda, baile y féretro

En el Barrio Francés de Nueva Orleans, cuando alguien muere, la música no se apaga cuando se cierra el cajón. Una brass band -esos conjuntos de trompetas, trombones y tubas que son la marca registrada de la ciudad- espera en la puerta de la iglesia y acompaña el cortejo hasta el cementerio. La ejecución arranca lenta, casi como un réquiem, y se va acelerando a medida que el recorrido avanza. Hay vecinos que se suman a bailar en la vereda, hay niños que corren detrás del féretro y hay desconocidos que palmean a los deudos. A los argentinos nos cuesta imaginarlo. Parece una falta de respeto, y sin embargo los especialistas que estudian el duelo dicen lo contrario: el cuerpo en movimiento, la música y el grupo hacen de contrapeso al dolor individual y le bajan un cambio a la angustia. La muerte sigue estando ahí, en el centro de todo. Lo que cambia es la forma de transitarla.

México: los muertos que vuelven cada año

México lleva esa idea un paso más allá con el Día de Muertos, que la UNESCO declaró patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. La premisa es tan simple como potente: cada año, las almas regresan un rato al mundo de los vivos. Para recibirlas, las familias arman altares -las famosas ofrendas- con la comida preferida del difunto, velas, copal, flores de cempasúchil, fotografías y objetos personales. Los cementerios se llenan de gente que pasa la noche junto a las tumbas, come, llora, se ríe y cuenta anécdotas del que se fue. La muerte no se vive como ausencia definitiva sino como presencia temporaria. Para el que escribe, es la tradición que mejor describe lo que todos buscamos cuando perdemos a alguien: la sensación de que esa persona todavía está, aunque sea un ratito, sentada otra vez en la mesa.

Bolivia: las Ñatitas que cuidan la casa

Cada 8 de noviembre, en el Cementerio General de La Paz pasa algo que a muchos argentinos les cuesta digerir: los creyentes llevan cráneos humanos -las Ñatitas- para que el padre José Bocárcel los bendiga. Después los vuelven a sus casas, donde ocupan un lugar privilegiado: los cuidan, los visten con gorritos, les fuman cigarrillos, les dejan hojas de coca y los rodean de flores. La tradición dice que esos cráneos alejan la mala suerte y pueden interceder por la familia. Es una manera muy concreta de mantener al muerto cerca, literalmente en el living, y de pedirle cosas como se le pide a un santo. A primera vista suena fuerte, pero la lógica es la misma que cuando uno le habla a una foto de la abuela antes de salir de casa: la necesidad de que el que ya no está siga ocupando un lugar en la rutina.

Ghana: ataúdes con forma de trabajo y pasión

En Ghana, la despedida tiene una vuelta creativa que llama la atención cada vez que aparece en una nota internacional. Las familias contratan a carpinteros especializados para que el ataúd represente el oficio o la pasión del difunto: un pez gigante para un pescador, un avión para un piloto, un tractor para un agricultor, una botella de cerveza para el que amaba esa bebida. El cajón se convierte en una especie de retrato tridimensional del que se fue. La ceremonia puede durar varios días e incluye coreografías, música y cantos durante el traslado al cementerio. Es, otra vez, una manera de decir quién fue esa persona, en lugar de reducirla a la fecha de nacimiento y de muerte que después irá en la lápida.

El mar como cementerio, los surfistas como familia

Entre los surfistas del Pacífico existe un ritual que cada vez se ve más seguido en playas de California, Hawái y Australia, y que empieza a aparecer también en costas de Brasil y Uruguay. Cuando alguien del grupo muere, los deudos salen al agua con sus tablas, forman un círculo en el medio del mar, arrojan flores al centro y cada uno dice algo sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se esparcen en ese mismo punto. No hay sacerdote ni iglesia: hay agua, tabla y comunidad. Para una cultura que vive en el mar, morir y volver al mar es, en el fondo, la misma cosa.

Lo que estos rituales hacen, y lo que nos falta

Más allá del color local, todos estos rituales cumplen la misma función: darle un marco colectivo a algo que, vivido en soledad, puede resultar aplastante. Compartir el dolor con otros, tener un momento y un lugar habilitados para expresarlo, bailar, comer o llorar en grupo, ayuda a procesar la pérdida. La psicología del duelo insiste en eso desde hace años: lo que se comparte se transita, lo que se calla se enquista. En la Argentina, la cultura del duelo sigue siendo la del silencio, la del café con masitas y la del 'hay que ser fuerte'. Todavía nos cuesta pedir ayuda, todavía nos da vergüenza llorar en público, todavía miramos de reojo al que se quiebra en el velorio. La pregunta que deja este recorrido es incómoda pero necesaria: si en otros lugares la despedida es música, comida, flores en el mar y ataúdes con forma de pez, qué nos estamos perdiendo nosotros con nuestra pena bien guardada y nuestra corbata negra.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo