Jueves, 10 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Buscar ⌕

Diario Dos Voces

PortadaVida

Cuando un pibe no puede más: la salud mental de los chicos que nadie alcanza a contener

Los síntomas se multiplican en aulas, guardias y consultorios, pero los equipos especializados son escasos y los servicios llegan tarde, cuando ya se transformaron en urgencia. Un mapa de lo que falta y de lo que se cruza en el camino.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

En la Escuela Primaria N.º 12 del barrio de Saavedra, la preceptora me cuenta que los primeros minutos del recreo se volvieron un termómetro: chicos que se quedan solos en un rincón, otros que se lastiman los brazos con la birome, varios que ya no quieren almorzar el plato del comedor. No es una excepción. En consultorios, guardias hospitalarias y aulas se repite un patrón que cuesta mirar de frente: pibes y pibas que no pueden dormir, que dejaron de comer o comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que dicen, en voz baja, que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.

Violencias que se cargan en silencio

La violencia ocupa el centro del cuadro clínico. Las estimaciones de UNICEF marcan que una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los dieciocho años; entre los varones, la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registradas en un expediente.

A ese mapa se le agregaron las pantallas. Las plataformas digitales exponen a chicas, chicos y adolescentes a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. Según UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas no es solo un hábito: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.

Aprender se vuelve una tarea imposible

Los resultados de las pruebas PISA 2025 sumaron una señal más. Casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.

  • Chicos que no pueden dormir, comer o concentrarse.
  • Marcas de autolesiones en brazos y piernas.
  • Aislamiento creciente en aulas y patios.
  • Exposición a contenidos sexuales y apuestas en redes.
  • Trayectorias escolares que se cortan antes de terminar la secundaria.
  • Historias de abuso y violencia que recién aparecen en la guardia.

Cuando se pide ayuda, el sistema llega tarde

Cuando una familia logra advertir que algo está mal y pide turno, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención llega fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El pibe, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones. María, directora de un centro de salud de la zona norte de la Ciudad, me dice que el problema no es solo la demanda: es que un chico con un cuadro grave termina siendo atendido por profesionales sin formación específica, mientras el especialista que podría acompañarlo tiene la agenda cerrada para los próximos seis meses.

El municipio responde, cuando se lo interpela, que trabaja en la ampliación de los equipos interdisciplinarios y en la articulación con las áreas de educación y justicia. Pero esa respuesta convive con los hechos: en los barrios donde más se necesita, los dispositivos siguen siendo pocos, las guardias pediátricas se desbordan y los docentes terminan haciendo de psicólogos sin herramientas ni protección. En el conurbano bonaerense, varias direcciones de psicología comunitaria denunciaron que la planta profesional viene perdiendo concursos y que los centros de atención primaria cubren cupos con suplencias que rotan cada pocas semanas.

Lo que todavía falta

El debate sobre la salud mental infantil quedó atrapado entre dos extremos: la estigmatización de los síntomas como caprichos de chicos sobreprotegidos y el ocultamiento detrás del expediente clínico. Mientras tanto, en las escuelas populares de La Matanza, en los barrios altos de Salta y en los pasillos de los hospitales públicos de Rosario se sigue atendiendo a una generación que llegó pidiendo socorro antes de aprender a pedir otra cosa. Lo que sigue faltando, y lo digo como adulta que escucha a esos pibes cada vez que puede, es una decisión política que tome en serio lo que ya está pasando: presupuesto sostenido para los equipos, formación docente para detectar a tiempo, dispositivos territoriales que funcionen las veinticuatro horas y, sobre todo, la decisión de creerles a los chicos cuando dicen que algo les duele.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo