El bullying ya no tiene recreo: cuando el acoso sigue prendido al celular y no deja dormir a nadie
Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que la agresión que empieza en la escuela se mudó a WhatsApp, TikTok y grupos de juego online, y que el descanso en la casa dejó de ser un refugio. Qué dice el informe, qué les pasa a los chicos y por qué las familias no pueden seguir mirando para otro lado.

A la salida de la Escuela Nº 23 del barrio de San Cristóbal, Marta, la señora del kiosco de la esquina, levanta la mirada del mostrador y cuenta lo que escucha casi todas las tardes: madres que se cruzan para hablar de un chico que lloró toda la noche porque le escribieron otra vez en un grupo. La escena, que podría parecer menor, resume con precisión lo que acaba de poner negro sobre blanco la Sociedad Argentina de Pediatría: el acoso escolar dejó de terminar cuando suena la campana y, en muchos casos, ni siquiera cuando el chico cierra los ojos para dormir.
La SAP publicó un documento trabajado durante meses por ocho de sus comités y subcomisiones, en el que describe un escenario que las familias argentinas ya intuyen pero pocas veces logran dimensionar: una pelea en el patio puede continuar esa misma tarde en un chat de WhatsApp, escalar durante la noche en redes sociales y volver al aula a la mañana siguiente, como si el recreo nunca hubiera terminado. La agresión se muda de plataforma sin pedir permiso y se instala en el cuarto del chico, donde antes se suponía que había un refugio.
Lo que cambió: cuando el aula se extiende en la pantalla
La pediatra Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la entidad, lo dijo en una frase que debería pegar en la mesa familiar: antes, volver a casa podía ofrecer una pausa frente al acoso; hoy, con el celular casi siempre encendido, esa frontera se volvió difusa. Los mensajes, las burlas o la exposición llegan a cualquier hora y eso, señala, amplifica el impacto y, en consecuencia, el daño.
No toda pelea es bullying: las tres condiciones que sí lo son
El informe de la SAP insiste en una definición que a veces se pierde en las conversaciones de pasillo: no todo conflicto entre chicos es acoso. Para hablar de bullying tienen que darse tres condiciones al mismo tiempo. Una, que haya intención clara de causar daño. Dos, que la situación se repita en el tiempo y no quede en un cruce aislado. Tres, que exista una desigualdad de poder que deje a quien lo sufre sin manera de defenderse ni de ponerle freno. Puede ser físico, verbal o, cada vez más, relacional, es decir, dejar al chico afuera,arlo del grupo, correrlo de las conversaciones.
Esa precisión importa porque define qué se denuncia y qué se atiende. Confundir un disgusto pasajero con acoso escolar termina perjudicando a todos: al chico que sufre, porque queda sin respuestas serias, y al resto, porque se banaliza un problema que puede dejar huellas durante años.
Qué les pasa a los chicos: del cuerpo a la cabeza
La SAP advierte que las consecuencias del bullying y del ciberbullying no se quedan en lo anímico. Cuestionan el sueño, generan ansiedad y depresión y se expresan también en el cuerpo: dolores de cabeza reiterados, malestares digestivos, baja en el rendimiento escolar, ganas de no ir a la escuela y, en los casos más graves, ideas de hacerse daño. Cuando la agresión se mete en el celular, además, el descanso en la casa deja de funcionar como espacio de recuperación, y lo que era un mal día puede transformarse en una noche en vela y en otra mañana en la que el chico no quiere salir de la pieza.
“Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema. El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos.”Sociedad Argentina de Pediatría
Dónde está parado el municipio, y por qué no alcanza
El Municipio viene repitiendo campañas de convivencia escolar y promete líneas de escucha, pero en la mayoría de los barrios la respuesta sigue siendo tibia. Las escuelas reciben protocolos que muchas veces quedan en un cajón, los gabinetes psicopedagógicos están desbordados y las familias, cuando llegan a la institución, escuchan que se trata de chicos que juegan o de cosas de la edad. Mientras tanto, los grupos de WhatsApp siguen funcionando a toda hora, sin moderación y sin ningún adulto adentro.
Pedrouzo y los equipos que firmaron el documento son claros: la solución no puede caer sobre la víctima. La responsabilidad es compartida entre los compañeros que miran y no hablan, los docentes que muchas veces minimizan, las familias que se enteran tarde y el sistema de salud, que tiene que poder acompañar sin patologizar. También el Estado, que debe garantizar canales accesibles de denuncia y equipos que intervengan rápido, sin obligar a las familias a peregrinar de puerta en puerta.
Lo que todavía falta, y lo que cada familia puede hacer hoy
El documento de la SAP enumera una lista de pendientes que todavía pesan como una mochila: capacitación docente específica en acoso digital, protocolos claros y conocidos por toda la comunidad educativa, regulación de la convivencia en grupos de mensajería escolar y campañas masivas que saquen al bullying del lugar de la broma de chicos. A eso se suma una deuda cultural: aceptar que lo que pasa en una pantalla lastima tanto como lo que pasa en un patio, y que pedir ayuda no es exagerar, sino cuidarse.
Mientras eso llega, hay movimientos que están al alcance de la mano. Hablar con los hijos no para controlarles el teléfono, sino para contarles que en casa hay escucha. Conocer los grupos en los que participan, sin invadir, pero sin desentenderse. Consultar al pediatra ante señales como cambios en el sueño, en el apetito o en las ganas de ir a la escuela, en lugar de atribuirlas a caprichos. Y, sobre todo, no repetir el error más común y más grave: pedirle al chico que se arregle solo. El acoso es un problema de todos, y la salida, si la hay, también tiene que ser de todos. Seguiremos acá, en este rincón de la sección Sociedad y vida cotidiana, contando cómo evoluciona un tema que no puede seguir esperando detrás de la pantalla.
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