El examen que le pone número al envejecimiento y empieza a cambiar cómo se cuida a los adultos mayores
Un indicador creado por la OMS combina cinco dimensiones del funcionamiento humano: cognición, locomoción, sentidos, ánimo y energía. Todavía no es un análisis de rutina, pero ensayos en Europa y Estados Unidos lo prueban para seguir a los pacientes y hasta para decidir qué medicamentos se aprueban.

Me lo crucé la semana pasada charlando con Inés, que tiene 72 años y va todos los martes a la Escuela Municipal de Adultos Mayores del barrio de San Telmo. Me contaba que cada vez que iba al médico de cabecera se volvía con un estudio nuevo: uno de la presión, otro del colesterol, otro de la glucemia. Y sin embargo, me decía, nadie le preguntaba si ella notaba que caminaba más lento que el año pasado, si le costaba seguir el hilo de una conversación en una cena o si se levantaba con menos ganas que antes. La respuesta, me parece, empieza a cambiar del otro lado del Atlántico.
Investigadores que trabajan en longevidad vienen empujando un indicador al que llaman capacidad intrínseca: un puntaje único que, en lugar de buscar una enfermedad puntual, intenta medir qué tan bien funcionan el cuerpo y la mente juntos. La Organización Mundial de la Salud lo formalizó en 2015 dentro de su programa de envejecimiento saludable y, aunque todavía no integra los controles médicos de rutina, hay ensayos clínicos en marcha que buscan validarlo como herramienta de seguimiento e incluso como criterio para aprobar medicamentos dirigidos al envejecimiento.
Cinco dimensiones medidas en conjunto
- Cognición: memoria, atención y capacidad de resolver problemas cotidianos.
- Locomoción: fuerza muscular, equilibrio y velocidad al caminar.
- Capacidad sensorial: visión y audición, dos sentidos claves para la autonomía.
- Bienestar psicológico: estado de ánimo, ánimo depresivo y manejo de la ansiedad.
- Vitalidad: energía general, cansancio ante el esfuerzo y tolerancia al estrés físico.
Lo que cambia con este enfoque es la unidad de medida. Hasta ahora, la geriatría suele trabajar enfermedad por enfermedad: osteoporosis por un lado, deterioro cognitivo por otro, pérdida de audición como tema aparte. La capacidad intrínseca, en cambio, toma todos esos pedazos y los pone en una sola escala, lo que permite detectar deterioros chicos antes de que se conviertan en caídas, internaciones o depresiones severas.
La palabra de uno de sus creadores
“Incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, aún podemos detectar cambios en su capacidad.”John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia
Beard es uno de los investigadores que más empujó el concepto dentro de la OMS. Su planteo es directo: si uno espera a que aparezca una enfermedad diagnosticable para actuar, llega tarde. La capacidad intrínseca, dice, ofrece una ventana más temprana, cuando todavía hay mucho por hacer con ejercicio, con cambios en la alimentación o con fármacos ya existentes.
En Francia ya se prueba esa lógica en un ensayo con adultos mayores: completan cuestionarios periódicos sobre su capacidad intrínseca y, si el puntaje baja, reciben recomendaciones personalizadas o son derivados a un geriatra para estudios más profundos. En paralelo, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de Estados Unidos, más conocida por su sigla ARPA-H, financia un programa para probar que el indicador refleja cómo se siente y se mueve una persona, y que puede mejorar con ejercicio o con medicamentos ya aprobados para otras indicaciones.
Aunque todavía falta evidencia concluyente, lo que se viene es claro: la medicina empieza a mirar al envejecimiento como un proceso que se mide y se acompanha año tras año, y no como una lista de diagnósticos aislados. Lo que sigue faltando, y acá me pongo seria, es que ese cambio de paradigma llegue a los centros de salud de barrio. Mientras tanto, si tenés más de sesenta y sentís que algo cambió en cómo caminás, en cómo pensás o en cómo dormís, no esperes a que el médico te lo pregunte: contárselo en la próxima consulta es, por ahora, la mejor manera de no quedar afuera de la conversación.
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