El metro cuadrado ya no se mide solo puertas adentro: por qué los edificios se reinventan para abaratar la entrada a la propiedad
Con un costo integral de construcción que escaló 14,61% en lo que va del año y proyecciones que lo ubican por encima de 1,87 millón de pesos hacia fin de año, los desarrolladores concentran la oferta en unidades de uno y dos ambientes con amenities, un formato que redefine qué significa hoy comprar un departamento en la Ciudad de Buenos Aires.

A 1.376.688 pesos por metro cuadrado en enero y a 1.584.840 pesos en julio, según el Instituto de Estadística y Censos porteño, el valor promedio del metro cuadrado en la Ciudad de Buenos Aires acumula un salto cercano al 15% en apenas siete meses de 2026, mientras que las estimaciones privadas consultadas por el sector descuentan que, de mantenerse la dinámica actual, ese indicador podría situarse en torno a 1.874.364 pesos hacia diciembre. Comparado con la primera mitad de 2025, la aceleración resulta aún más elocuente: si se toman los valores del metro cuadrado publicado por el organismo estadístico porteño en el mismo período del año pasado, el encarecimiento interanual se ubica por encima del 23%, una magnitud que vuelve a recolocar al acceso a la vivienda en el centro del debate económico.
Ese movimiento en los precios de oferta no describe, sin embargo, la totalidad del cuadro. De acuerdo con la Asociación de Pymes de la Construcción de la Provincia de Buenos Aires, el costo integral de construir —que incluye materiales, mano de obra, gastos generales, honorarios profesionales y tasas municipales— alcanzó en julio los 2.286.170 pesos por metro cuadrado, lo que representa un alza acumulada de 14,61% en lo que va del año y de 23,37% respecto de igual mes de 2025. El dato es determinante porque, como señala el propio reporte de la entidad, es en ese eslabón de la cadena donde se explica buena parte del traslado posterior a los precios de venta: los desarrolladores relevan el costo de reposición, le suman el valor del suelo urbano y, sobre esa base, calculan el precio al público, de modo que la aceleración del costo de obra termina incorporándose con relativa velocidad a la ecuación final que enfrenta el comprador.
Unidades más chicas, edificios más grandes como solución
Frente a un escenario en el que el metro cuadrado propio se vuelve cada vez más difícil de financiar, la respuesta que ganó terreno entre los desarrolladores porteños consistió en reducir el tamaño de las unidades y, al mismo tiempo, ampliar la superficie de uso común. Gimnasios, terrazas verdes, parrillas en azotea, salones de usos múltiples y espacios de coworking se convirtieron en componentes habituales de los nuevos emprendimientos, en una reconfiguración que tiende a compensar, con metros compartidos, los metros privados que el comprador resigna.
“Es un ticket que puede alcanzar el que quiere salirse del mundo del alquiler y entrar por primera vez en el mundo de ser propietario.”Juan Manuel Tapiola, CEO de Spazios
En ese marco, la demanda de monoambientes y departamentos de uno y dos ambientes mostró un crecimiento sostenido. Tapiola atribuyó el fenómeno a la conjunción de tres tendencias de fondo: la caída de la natalidad, el aumento de los hogares unipersonales y la suba de los divorcios, dinámicas que —subrayó— no son privativas de la Argentina y que también se observan en otras plazas de la región. Tenés cada vez más gente sola o gente únicamente en pareja sin hijos, que el monoambiente responde a eso perfecto, completó el empresario, al describir el perfil del comprador que motoriza el segmento.
“El aumento del valor del metro cuadrado, las nuevas formas de habitar las ciudades y los cambios en la composición de los hogares impulsaron un mercado en el que las viviendas compactas ganan protagonismo. Quien adquiere una unidad de 40 m² incorpora otros cientos, e incluso miles, de m² de uso compartido que amplían las posibilidades.”Valeria Damiani, arquitecta especializada en el segmento
La mirada de Damiani sintetiza el cambio de paradigma en curso, según el cual el edificio deja de operar como un mero contenedor de unidades y se reposiciona como una red de espacios a disposición del propietario. La diferencia, en clave económica, vuelve a quedar del lado del costo inicial: mientras el metro cuadrado privativo se paga al valor de reposición —hoy por encima de los 2,28 millones de pesos en la provincia—, el metro cuadrado de uso común se distribuye entre todos los copropietarios, lo que reduce el desembolso de entrada y permite acceder a amenities que, en otro contexto, hubieran exigido comprar una unidad significativamente más grande. Mirando hacia la próxima cosecha de lanzamientos, los indicadores a seguir son el ritmo de avance del costo de obra que publica la Asociación de Pymes de la Construcción, la evolución del metro cuadrado de oferta del Instituto de Estadística y Censos porteño hacia diciembre y la tasa de absorción de monoambientes y unidades de uno y dos ambientes con amenities, variables que en conjunto permitirán dimensionar si el formato se consolida como nueva puerta de entrada al mercado o si se trata de un fenómeno atado al ciclo alcista de los costos de construcción.
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