El rencor que se acumula: cuando el cuerpo termina pagando la cuenta de una ofensa que no se fue
Guardar un agravio durante años no es solo un peso emocional: la presión arterial, el sueño, las defensas y hasta la mandíbula responden como si la amenaza siguiera vigente. La psiquiatra y los especialistas consultados coinciden en que el organismo reacciona igual ante el recuerdo que ante un peligro real, y que el daño se va sumando en silencio.

A veces uno cree que el rencor queda en un rincón de la cabeza, guardado entre conversaciones que se cortaron y silencios que todavía duelen. Pero el cuerpo no entiende de rencores archivados: los lee como si la amenaza siguiera pasando, ahora mismo, en esta misma cuadra. Y entonces empieza a pagar una factura que nadie le pidió.
La diferencia con la bronca de toda la semana es simple. La bronca aparece, pega fuerte y se va. El rencor, en cambio, vuelve una y otra vez, con la misma carga, como si el disco se rayara en el mismo surco. Puede empezar en una traición, en una injusticia en el trabajo, en una ruptura o en una pelea de familia que nunca terminó de cerrarse. Y se queda.
Lo que se va acumulando adentro
Lo que se va acumulando adentro
- El corazón: la presión se mantiene alta de manera crónica y el pulso se acelera incluso cuando uno está sentado en el sillón. El riesgo de enfermedad coronaria crece con los años.
- El cortisol: la hormona del estrés queda elevada más tiempo del que debería. Eso desarma el sueño, favorece la grasa en la panza y vuelve al cuerpo menos sensible a la insulina.
- Las defensas: el sistema inmune, cansado de estar en alerta, se desgasta. Cae la respuesta frente a infecciones y se instala una inflamación silenciosa que se vincula con enfermedades crónicas.
- Los músculos: el cuello, la mandíbula y la espalda se ponen duros como una tabla. Muchas cefaleas que no tienen causa médica clara vienen justamente de ahí.
- El estómago y los intestinos: el eje entre la cabeza y la panza es de los más sensibles al estado de ánimo. Malestar, digestiones pesadas y dolores difusos suelen acompañar.
La fatiga que deja el rencor no se explica por haber corrido una maratón ni por haber cargado bolsas. Es el desgaste de sostener, sin pausa y sin feriado, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para durar minutos y que acá lleva prendida años.
“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología
El corte con el consultorio y lo que sigue faltando
Cuando alguien llega a la guardia del hospital con un pico de presión o con un ataque de pánico, muchas veces lo que se trata es el síntoma. Se le baja la presión, se le calma la angustia y se lo manda a casa. Pero del rencor que lo fue empujando hasta ahí, ni se habla. En los centros de salud del barrio todavía cuesta que alguien pregunte qué ofensa sigue abierta, quién fue, cuánto pesa. Faltan profesionales formados para leer ese hilo invisible, y falta tiempo en la consulta para desovillarlo.
Mientras tanto, la recomendación práctica es tan vieja como conocida y tan difícil como suena: hablarlo, ponerlo en palabras, pedir ayuda profesional si el nudo no se desata solo. No es borrar lo que pasó. Es dejar de cargar con el cuerpo en alerta por algo que, a veces, ya ni siquiera está pasando afuera.
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