El riesgo de vivir en un recuerdo editado: lo que Gabriel Rolón dice sobre la felicidad postergada
El psicólogo y escritor advirtió que idealizar lo vivido puede correr la vida actual del centro de la escena. Repaso por su planteo sobre recuerdos, proyectos y el peso del "photoshopeo" de la memoria.

A veces uno se queda en el barrio de uno, en la cocina de la casa de la madre, en la mesa del domingo. Y desde ahí mira el resto de los días. El psicólogo y escritor Gabriel Rolón puso el dedo justo ahí: en la costumbre de vivir instalados en un tiempo que ya no es el presente, sea hacia atrás o hacia adelante. "Intentemos algo aquí, ahora", pidió, como si sacudiera a quien escucha del sillón en el que se sienta a recordar.
La felicidad que siempre queda en otro momento
Rolón no discutió la importancia de tener proyectos. Lo que señaló es el riesgo de postergar de manera permanente la posibilidad de sentirse bien. Tener sueños está bien, dijo, pero la dificultad aparece cuando la expectativa de encontrarla más adelante se vuelve una excusa para no buscarla acá. Esa distinción ordena buena parte de su planteo: lo que se espera no tiene por qué sustituir a lo que se puede empezar a vivir.
“Intentemos algo aquí, ahora.”Gabriel Rolón
La frase funciona como una pequeña provocación para los que solemos decir que la vida buena vendrá después: cuando nos jubilemos, cuando los chicos crezcan, cuando se acomode la economía. Rolón no niega esos horizontes; lo que advierte es sobre el costo de vivir pendiente de ellos.
El "photoshopeo" de los recuerdos
Del otro lado de la balanza está la memoria. Para el psicólogo, reconocer que hubo momentos felices es parte de cualquier historia personal y permite entender el recorrido, los esfuerzos, los vínculos. El problema aparece cuando la memoria interviene sobre lo que pasó. "Hacemos como una edición, un photoshopeo de los recuerdos", describió. Y lo ilustró con dos escenas cotidianas: los padres que ya no están terminan siendo recordados con una nobleza mayor, y la infancia se reconstruye como una etapa más bella de lo efectivamente vivido.
En el consultorio, y en la charla cotidiana, uno escucha esa operación todo el tiempo. Jorge, vecino de toda la vida, cuenta que su padre era un santo, aunque cuando estaba vivo se quejaba de él casi cada semana. Marta, profesora jubilada del colegio de la calle Mitre, repite que su infancia fue una película, aunque en esa misma infancia había corridas y miedos que hoy prefiere no mirar. No es mentira: es edición.
El punto que Rolón propuso observar es cuánto espacio ocupa esa reconstrucción. Cuando alguien se aferra demasiado a una imagen idealizada de lo que vivió, explicó, puede dejar de trabajar en la posibilidad de construir felicidad hoy. La frase que eligió para resumirlo es filosa: "Hay personas que desean más haber sido felices que ser felices". Ahí está la trampa: el deseo de haber sido, que compite con el intento de ser.
Lo que sigue faltando en la conversación
El planteo de Rolón deja una pregunta abierta que pocas veces se aborda de manera pública. Si los recuerdos y los proyectos pueden tanto ordenar la vida como trabarla, ¿quién se hace cargo de revisar ese equilibrio? En los consultorios se trabaja, pero en la conversación social el tema queda librado al voluntarismo individual. Tampoco suele discutirse qué lugar le dan a esa idea los programas escolares, las políticas públicas de salud mental o las campañas de bienestar que proliferan en redes. Ahí, en mi lectura, sigue faltando bastante. Mientras tanto, el psicólogo dejó una consigna que se puede aplicar esta misma tarde: "No nos bajemos de la vida antes de tiempo". Eso, al menos, ya es un punto de partida.
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