Gordura abdominal que no se va: por qué el cuerpo no responde como uno espera
Hacer abdominales y comer menos no alcanza si no se articulan movimiento, alimentación y descanso. La evidencia muestra que la grasa del abdomen se acumula por más razones que la voluntad individual.

Me lo preguntan todo el tiempo en la redacción: por qué, si voy al gimnasio y dejo el plato casi sin tocar, la panza sigue ahí. La respuesta corta es que el cuerpo no funciona como una manguera que uno destapa eligiendo por dónde sale el agua. La grasa abdominal responde a un entramado mucho más complejo, donde entran la genética, la edad, las hormonas y, sobre todo, la calidad del sueño. Pretender reducirla solo con abdominales o solo con restricción alimentaire es, en el mejor de los casos, un tiro parcial.
Hace años que acompaño a lectores que empiezan el año con la promesa del abdomen plano y la abandonan en marzo, frustrados porque la balanza se mueve pero el espejo no. La frustración casi nunca es culpa de la constancia: es un problema de expectativas y de biología básica que nadie explicó bien.
Por qué las abdominales no queman la grasa de la panza
El abdomen acumula dos tipos de grasa bien distintos. La subcutánea está justo debajo de la piel, es la que uno pellizca con los dedos. La visceral, en cambio, se esconde más profundo, rodeando hígado, intestinos y riñones, y es la que más preocupa a los cardiólogos porque se asocia con resistencia a la insulina, hipertensión y alteraciones del colesterol.
Los ejercicios localizados fortalecen el músculo recto del abdomen, mejoran la postura y dan tonicidad. Pero no le ordenan al organismo de qué depósito sacar la energía. Por eso hay personas que, después de meses de gimnasia, tienen el core firme y, sin embargo, la circunferencia de la cintura igual. No es que no estén perdiendo grasa: la están perdiendo, pero el cuerpo decide de otro lado. La distribución la marcan la carga genética, los años cumplidos y el patrón hormonal de cada uno.
El sueño, el gran olvidado
Acá aparece uno de los datos más sólidos del último tiempo. Un estudio de Mayo Clinic sometió a voluntarios a restricción de sueño en condiciones controladas y comparó los resultados con un grupo que durmió sus horas habituales. La diferencia fue contundente: el área de grasa abdominal total creció un 9 por ciento y la visceral, un 11 por ciento. Solo por dormir mal.
Y hay un segundo efecto, más sibilino. Dormir poco altera las hormonas que regulan el hambre y la saciedad: sube la grelina, que pide comida, y baja la leptina, que avisa que ya alcanza. Así, cualquier plan alimentaire que uno arme con la mejor voluntad se desmorona a las once de la noche frente a la heladera abierta. Lo he visto en vecinos del barrio de Belgrano, en pacientes que me escriben por mail, en compañeras del gimnasio: el que duerme cinco horas termina eligiendo mal, no por debilidad moral, sino por fisiología.
Lo que dice la evidencia cuando se combina todo
Hay un trabajo publicado en JAMA Network Open que vale la pena mirar con detenimiento. Siguió a más de siete mil adultos durante un promedio de siete años y dos meses. Quienes mejoraron al mismo tiempo la calidad de la dieta y el nivel de actividad física terminaron el seguimiento con 149 gramos menos de grasa visceral que quienes mejoraron solo una de las dos variables o ninguna.
El mensaje es incómodo para la cultura del atajo: no hay zona, suplemento ni aparato que reemplace al trío alimentación-movimiento-descanso sostenido en el tiempo. El municipio, cuando lanza campañas de salud en las plazas, suele quedarse solo en el correr y el comer verdura; rara vez menciona la higiene del sueño, y es una omisión que cuesta cara.
Qué medir para no engañarse
Mirarse al espejo cada mañana es la peor manera de evaluar un proceso. Hay medidas más razonables: la circunferencia de cintura con cinta métrica, la progresión de fuerza en sentadillas o planchas, la cantidad de noches que uno realmente duerme siete horas, y la calidad de lo que lleva al plato durante una semana típica. Si esas cuatro variables mejoran, la grasa abdominal va a ceder, aunque tarde más en notarse de lo que uno quisiera.
Lo que sigue faltando, en la conversación pública y en la mayoría de las consultas, es hablar del sueño con la misma seriedad con que se habla de la dieta. Mientras eso no pase, vamos a seguir viendo vecinos perfectamente entrenados peleando con una cintura que no cede, y pacientes comiendo bien que fracasan igual porque duermen cuatro horas. El cuerpo es un sistema, no un catálogo de zonas a corregir por separado.
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