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La boca como espejo: lo que la caída de dientes revela en los adultos mayores del sur de Mar del Plata

Una revisión internacional vincula la pérdida de piezas dentales con un salto del 50% en el riesgo de deterioro cognitivo. La guía de Harvard que cita Paula Nallim, los controles que el municipio todavía no coordina y lo que falta en los barrios.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
La boca como espejo: lo que la caída de dientes revela en los adultos mayores del sur de Mar del Plata

En la sala de espera del centro de salud de Punta Mogotes, doña Marta espera su turno con la bolsa de tela sobre las rodillas. Tiene 73 años, es jubilada docente y hace dos años perdió una muela que nunca se mandó a reponer. "Como del lado que puedo", me dice mientras mira la puerta del consultorio. Lo que no sabe es que esa decisión aparentemente menor puede estar contándole algo mucho más grande sobre su futuro: una revisión de 14 estudios publicada en la revista JAMDA encontró que los adultos mayores que pierden más de un diente enfrentan cerca de un 50% más de riesgo de deterioro cognitivo y un 28% más de probabilidades de recibir un diagnóstico de demencia. Lo cuento acá, en este cuaderno, porque los números no son un dato aislado: son una postalita que forma parte de un mapa más ancho que cada vez preocupa más.

Aclaremos algo antes de seguir, porque esta asociación estadística no es una condena. Los propios autores de la revisión aclararon que no se trata de una relación de causa y efecto comprobada. Es decir: perder dientes no provoca Alzheimer de manera directa. Lo que sí parece claro es que la pérdida dentaria funciona como un marcador, una señal de que algo más está pasando: inflamación prolongada en las encías, dificultades para alimentarse, acceso desigual a la atención odontológica, enfermedades previas que nunca se trataron como correspondía. La boca, en definitiva, habla. Y cuando deja de tener piezas, grita.

Encías inflamadas, corazón y pulmones en alerta

La gingivitis, esa inflamación de encías que tantos adultos mayores naturalizan como parte del envejecimiento, aparece en distintos estudios vinculada con enfermedades cardiovasculares, pulmonares, obstrucciones en vasos sanguíneos y accidentes cerebrovasculares. Tampoco acá se pudo establecer causalidad directa, pero la asociación es lo suficientemente sólida como para justificar un cambio de mirada: el odontólogo deja de ser un actor secundario y se convierte en parte del equipo médico de cabecera. Lo extraño es que, en la mayoría de los centros de salud públicos de General Pueyrredon, el odontólogo sigue siendo una visita esporádica, casi optativa, como si los dientes vivieran en un cuerpo aparte.

Cuando la gingivitis avanza sin tratamiento, da paso a la periodontitis, una afección que ataca los tejidos que sostienen las piezas y que en etapas avanzadas termina en pérdida dentaria. Pero el daño no queda ahí. La falta de dientes modifica la vida social: hay personas que evitan conversar, que cubren su sonrisa con la mano, que directamente dejan de ir a la peña del barrio o al cumple del nieto. Eso, en la vejez, es un lujo que el cuerpo y la mente no se pueden dar. Contribuye al aislamiento, y el aislamiento, a su vez, es uno de los factores que más pesa sobre el deterioro cognitivo. Es un círculo, y empieza por la boca.

Tres molestias que los adultos mayores suelen callar

  • Sensibilidad dental: aparece cuando las encías se retraen y dejan expuesta parte de la raíz, o cuando hay bruxismo, el hábito de apretar o rechinar los dientes durante el sueño. Una férula nocturna puede reducir la presión, pero solo el odontólogo puede distinguir si ese es el origen o si hay otra causa detrás.
  • Boca seca: ocurre cuando se produce menos saliva y dificulta masticar, tragar, hablar y hasta percibir sabores. Es un efecto secundario frecuente de varios medicamentos muy usados en la tercera edad y puede aparecer asociada a diabetes, accidentes cerebrovasculares, alzhéimer y enfermedades que afectan el sistema inmune.
  • Pérdida de piezas: más allá del implante o la prótesis, la reposición es una decisión de salud integral. Quedarse sin morder del lado que se quedó es esperar algo más que un dolor de muela.

La guía de Harvard Health Publishing, que recomiendo leer con tiempo, propone un punteo simple: cepillado dos veces por día con pasta con flúor, limpieza con hilo dental o cepillos interproximales, controles odontológicos periódicos, atención a la boca seca, y consulta inmediata cuando hay sangrado de encías, movilidad dentaria o dolor persistente. Nada revolucionario. Nada que dependa de tecnología cara. Todo depende de que el sistema de salud público se haga cargo de una verdad incómoda: la boca no puede seguir siendo la hermana pobre del chequeo anual.

Mientras tanto, en la sala de espera de Punta Mogotes, doña Marta sigue esperando. Le pregunto cuándo fue la última vez que vio a un odontólogo. Me mira, se encoge de hombros y suelta una risa corta, de esas que usan los jubilados cuando la respuesta los avergüenza un poco: "Y, hija, hace rato". Le tomo nota mental y le prometo volver. Lo que sigue faltando en los barrios del sur de Mar del Plata, y en buena parte del país, es lo de siempre: turnos accesibles, campañas sostenidas en los centros de jubilados, coordinación real entre médicos clínicos y odontólogos, y una política municipal que entienda que cuidar la dentadura de los abuelos es, literalmente, cuidarles la cabeza.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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