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La Feria del Libro de Neuquén se despide este fin de semana con propuestas para todos los bolsillos

Libros desde dos mil pesos, autores patagónicos y un cronograma que mezcla lecturas, música y juegos: el paseo cierra sus diez días en dos globas con libreros de todo el país.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 17 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

La acequia del parque ya tiene otro ritmo. Es el que marca la Feria Internacional del Libro Neuquén 2026 entrando en sus últimas horas, con esa mezcla de apuro y placer que se siente cuando uno sabe que lo bueno se termina el domingo. Yo fui el sábado a la mañana, cuando todavía el sol pegaba bajo y los stands empezaban a poblarse de familias con chicos en cochecito, de parejas que se cruzaban con una bolsa de tela ya cargada y de jubilados que miraban las mesas como quien recorre una iglesia: en silencio, con respeto, buscando algo que los conmueva.

Lo primero que hay que tener claro antes de salir de casa es el presupuesto. La oferta arranca en libros desde dos mil pesos y trepa hasta volúmenes que superan los setenta mil. No es una exageración ni una promesa: es el rango real que se ve recorriendo las dos globas donde se concentró la venta, con libreros llegados de Buenos Aires, de Córdoba, de Bariloche y de varias ciudades chicas de la Patagonia. Cuando le pregunté a Marta, de un puesto de Junín de los Andes, cómo le venía la jornada, me respondió sin levantar la vista del mostrador: Y, mirá, se vende. La gente viene a buscar lo que no encuentra en las cadenas.

Dos globas, decenas de libreros y un mismo paisaje

Las dos carpas funcionan como pueblos paralelos. En una se acomodaron las editoriales más conocidas y los sellos patagónicos, esos que publican a escritores del sur que rara vez llegan a las vidrieras porteñas. En la otra, el patio de comidas, los juegos educativos para chicos y un escenario donde, durante todo el fin de semana, habrá lecturas en vivo, charlas con autores y números musicales. El montaje permite algo que a mí, como lectora, me parece fundamental: armar un plan que combine la búsqueda del libro con la sobremesa, con una actividad para los hijos, con un café mirando cómo se va la tarde neuquina.

Una de las cosas que más disfruto de estas ferias es la posibilidad de toparte con un título que no estabas buscando. Esa novela de un autor de Neuquén que un librero te recomienda de memoria, ese poemario editado en una imprenta chica de El Bolsón, ese libro ilustrado para chicos que vale lo que cuesta un café con medialunas. La feria neuquina tiene esa lógica: se puede ir con una lista en el bolsillo y volver con la lista desbordada.

“Yo vengo todos los años. Es el único lugar donde encuentro los libros de los escritores de la zona sin tener que pedirlos por correo.”Marta, librera de Junín de los Andes

Ahora bien, no todo lo que reluce es oro. El municipio neuquinó organizó el evento con presupuesto propio y con el apoyo de las cámaras de libreros, pero el cronograma se conoce sobre la marcha: la grilla de actividades del último día suele difundirse con pocas horas de anticipación, lo que complica a quienes viajan desde otras ciudades para aprovechar la jornada de cierre. Tampoco hay una política clara de precios mínimos ni de financiación: pagar en efectivo o en cuotas depende de cada puesto, y no todos aceptan tarjetas. Son detalles menores para el paseo de una tarde, pero decisivos para el bolsillo de una familia tipo que quiere irse con dos o tres libros bajo el brazo.

Lo que todavía falta

Después de recorrer las dos globas, de cruzar dos o tres veces el pasillo central y de anotar mentalmente tres o cuatro títulos para volver a buscar, una se queda con la sensación de que la feria es una fiesta linda pero a la que todavía le falta infraestructura. Faltan más bancos para sentarse a hojear un libro antes de comprarlo. Falta una señalización más clara para los puestos de editoriales patagónicas, que son la verdadera joyita del evento y se pierden entre los stands más grandes. Faltan, sobre todo, políticas municipales que aseguren que esta feria no dependa de la buena voluntad de cada gestión, sino que se sostenga como un clásico de la ciudad. Mientras tanto, el domingo cierra sus puertas y uno se vuelve a casa con la bolsa llena y la promesa interna de no esperar otros diez meses para volver.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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