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La hora del mate y la merienda: por qué los chicos que se saltean el desayuno llegan a la escuela con el tanque vacío

Una revisión de 45 estudios volvió a poner en el centro de la escena una costumbre que en la Argentina se da por sentada: empezar el día sin comer se asocia con peores resultados en la escuela. Hay formas simples de resolverlo la noche anterior, según una dietista de Cleveland Clinic.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 18 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Desde la esquina de la escuela primaria de Parque Chacabuco, donde Laura, mamá de Lautaro de 9 años, espera con la puerta entreabierta a que suene el timbre, la escena se repite cada mañana: chicos que entran al aula con la mochila cargada y el estómago vacío. Ella ya perdió la cuenta de cuántas veces tuvo que improvisar una factura de la panadería de enfrente para que su hijo no se sentara en el banco sin comer nada. "El año pasado me la rebuscaba como podía, pero este año decidí que en casa tiene que haber algo listo cuando se levanta", me cuenta mientras acomoda el guardapolvo blanco sobre el hombro del nene. La discusión que la trajo hasta acá no es nueva, pero volvió a sacudir la agenda educativa: según una revisión sistemática que reunió 45 estudios, saltarse el desayuno se asocia con un menor rendimiento escolar en chicos y adolescentes. Eso, ojo, no significa que desayunar garantice buenas notas: significa que, en promedio, a quienes no desayunan les va un poco peor en las aulas.

La aclaración es importante y vale la pena repetirla: los estudios encuentran una asociación, no una causalidad. O sea, no se puede afirmar con todas las letras que comer a la mañana te salva el boletín. Lo que sí muestran las investigaciones es que omitir el desayuno coincide con mayor cansancio, peor atención y notas más bajas, y que en esa cadena pueden meterse también el descanso, la plata que llega a fin de mes y la alimentación general. Pero como el primer bocado del día es lo único que se repite a diario, se vuelve un termómetro accesible para empezar a mirar el resto.

Lo que pasa en el cuerpo entre las siete y las diez

Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children's, lo explica con una imagen que a esta altura ya parece de manual: durante la noche el cuerpo se queda sin reservas de glucosa, y cuando suena el despertador lo que tenés es un tanque en cero. "Después del ayuno nocturno, en los chicos aparece cansancio, menor claridad mental y hasta lentitud física", señala la especialista. No es capricho ni exageración: es lo que reportan docentes y familias todos los ciclos lectivos. La pregunta, entonces, no es si hay que desayunar, sino cómo hacer para que esa comida efectivamente se concrete en casas donde la mañana es un caos.

La trampa de las prisas y lo que se puede armar la noche anterior

El municipio suele responder a este tipo de hallazgos con campañas de alimentación saludable en los comedores escolares, pero en el día a día la solución empieza mucho antes: en la mesada de la cocina, después de la cena. Dejar el desayuno medio listo a la noche siguiente es la receta más repetida por la dietista Hyland, y la que mejor aplican las familias trabajadoras. La lista corta es la siguiente.

  • Avena remojada la noche anterior en un frasco, lista para comer y agregar fruta al levantarse.
  • Huevos hervidos y guardados en la heladera, que se comen solos o sobre una tostada integral.
  • Fruta ya lavada y cortada en un recipiente con tapa, para no tener que pelear con la paila a las siete de la mañana.
  • Sándwiches de huevo que se pueden freezar y calentar a último momento, una idea que también difunde Cleveland Clinic.
  • Yogur griego con granola de bajo azúcar, que sostiene el hambre hasta el almuerzo.

La clave, según Hyland, está en combinar proteínas y fibra, dos nutrientes que prolongan la saciedad y evitan que el hambre vuelva a aparecer a media mañana. Un huevo con tostada integral, o un cereal integral con leche y fruta, cumplen ese doble requisito. Lo que conviene correr del menú, advierte, son las opciones con mucho azúcar agregado, porque dan un pico de energía rápido seguido de un bajón que coincide, justamente, con la segunda hora de clase. Y un punto que la especialista subraya y que muchas madres y padres dan por sobreentendido: no hay una cantidad única de proteína válida para todos los chicos. Depende de la edad, del peso y del resto del día.

“Las investigaciones muestran que desayunar puede beneficiar la atención, la memoria y la función ejecutiva frente a continuar en ayunas, aunque los beneficios aparecen con más frecuencia cuando hay insuficiencia en la alimentación.”Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children's

En paralelo, un análisis que reunió 24 estudios observacionales asoció la falta de desayuno con mayor riesgo de desempeño académico bajo. El dato es grueso y merece lectura fina: bajo rendimiento y bajas calificaciones no son sinónimos, y en esa mezcla también pesan la calidad del sueño, el acompañamiento de las tareas en casa y hasta el clima familiar. Lo que la evidencia sí permite afirmar es que, en contextos de vulnerabilidad, desayunar se vuelve un piso indispensable, no un detalle.

Lo que todavía no se sabe y lo que falta en la escuela

Aunque el conjunto de investigaciones es cada vez más sólido, los propios autores de las revisiones reconocen que la evidencia todavía no define un desayuno ideal ni permite asegurar que los programas escolares de desayuno mejoren las notas de manera sostenida. Falta acuerdo sobre cantidades, sobre qué alimentos funcionan mejor en cada edad y sobre cómo sostener el hábito cuando en la casa no sobra nada. Mientras tanto, en la puerta de la escuela de Parque Chacabuco, Laura ya tiene su propia respuesta: una vianda con huevo duro, unas rodajas de manzana y el termo con mate cocido listo para cuando Lautaro salga al recreo. No es una solución mágica ni una nota asegurada, pero al menos garantiza que el nene arranque el día sin hambre. Lo que sigue faltando, en el barrio y en el sistema educativo, es que esa posibilidad deje de ser un mérito de cada familia y se vuelva una política sostenida.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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