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La huerta de primavera que se cuela en el jardín y rompe la separación entre lo útil y lo bonito

Septiembre abre la puerta a sembrar y, de paso, a repensar el patio: qué poner, dónde va el sol, cómo se riega y qué se protege cuando hay pájaros a la vuelta. Una guía para mezclar aromáticas, florales y verduras sin que la cosecha compita con la vista.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 18 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

La acequia de la cortada, donde todavía se ven las últimas heladas pegadas a los eucaliptos, es el lugar donde Marta me cuenta que este año se hartó de elegir entre el cantero de siempre y la huerta del fondo. Tiene un patio chico, un limonero viejo y una voluntad que no le cabe en las manos. Por eso, cuando se acerca septiembre y empiezan a aparecer los paquetes de semillas en los negocios de vivero del barrio, lo que menos quiere es volver a separar las cosas: aromáticas acá, flores allá, verduras en el rincón más apartado. La primavera, me dice, es para mezclar.

Pensar el espacio antes de comprar la semilla

Antes de elegir qué sembrar conviene una parada obligatoria: mirar el patio, el balcón o la terraza como si fuera una habitación y preguntarse cómo se va a usar. Una huerta puede compartir terreno con las plantas ornamentales y formar parte de la vista desde la ventana. Para que esa combinación funcione, el diseño tiene que contemplar dos cosas a la vez: la cosecha que se viene y el tamaño que va a alcanzar cada especie dentro de unos meses. Lo que hoy es un plantín de albahaca, en diciembre puede ser una mata que tape el cantero de las suculentas.

  • Definir qué zona será la huerta y qué zona seguirá siendo ornamental, sin que una tape a la otra.
  • Calcular el crecimiento: lo que se siembra ahora puede duplicar su volumen en pocas semanas.
  • Dejar pasillos y sectores libres para conectar canteros y acceder al riego sin pisar el cultivo.
  • Evaluar la vista desde la ventana: qué se quiere ver y qué se prefiere ocultar.

La fórmula que nunca falla: plantas de varios años más cultivos de temporada

Una manera práctica de organizarse es combinar vegetación que permanece varios años con cultivos que se renuevan cada estación. Romero, tomillo, orégano y laurel comestible pueden darle continuidad al conjunto y, de paso, resolver parte de la cocina diaria sin tener que salir a comprar. Entre las opciones de siembra de septiembre aparecen tomate, albahaca, berenjena, lechuga y pepino. La posibilidad de incorporar semillas o plantines permite preparar el espacio con ambas alternativas y, sobre todo, ganar tiempo: mientras una mata de tomate recién germinada se decide a crecer, el plantín comprado ya está en carrera.

El truco, cuentan los que saben, es no pensar la huerta como un bloque aparte sino como una capa más del jardín. Por eso tiene sentido que el laurel comestible, que con los años se vuelve un arbusto importante, termine armado un cerco para tapar una vista que no se quiere destacar, como el ténder de ropa o el tanque de agua. Y que sobre un alambrado o una reja vaya el taco de reina, que aporta flores amarillas, anaranjadas o rojizas y, de paso, le saca el gris al alambre.

Sol, agua y orientación: el triángulo que decide todo

La ubicación condiciona casi todas las decisiones que vienen después. Las plantas de huerta requieren al menos medio día de exposición solar directa, algo que en esta zona del país se traduce en una regla simple: identificar el norte. Ahí va a estar el sector con mayor asoleamiento y, por lo tanto, el que mejor le sienta al tomate, a la berenjena y al pepino. Las hojas de lechuga y la albahaca toleran algo menos, así que pueden ubicarse un paso más allá.

El otro punto no negociable es el agua. Conviene tener una canilla cerca: durante la primavera y el verano aumentan la evaporación y la transpiración de las plantas, por lo que facilitar el riego es parte de la planificación, no un detalle que se resuelve después. Marta ya aprendió la lección: el verano pasado cargó mangueras hasta la esquina del patio y terminó por dejar media huerta a medio regar. Este año movió los canteros.

Con esas necesidades resueltas, se pueden distribuir alturas, formas y colores. La elección final depende de las condiciones de cultivo y del lugar que ocupará cada planta al crecer, pero también del gusto: un cerco de laurel, flores de taco de reina sobre la reja y, adelante, los verdes cambiantes de la huerta. No hace falta más para que el patio deje de parecer un depósito de plantas y empiece a parecerse a un jardín.

Lo que falta resolver: pájaros, nutrientes y productos que no intoxiquen la cosecha

También conviene anticipar qué cultivos van a necesitar protección. Las frutillas, por ejemplo, suelen requerir una red contra los pájaros en cuanto el fruto empieza a tomar color. Ubicar ese sector fuera del primer plano del jardín permite integrar la cobertura al diseño sin que la red termine siendo lo primero que se ve desde la ventana. En el suelo o en macetas, el compost y el humus de lombriz ayudan a mejorar la estructura de la tierra y aportan nutrientes, algo clave cuando se mezclan especies con necesidades distintas en un mismo cantero.

Y acá viene la parte que muchos se saltean. El mantenimiento debe contemplar que habrá alimentos entre la vegetación, incluso donde hoy solo se ven flores. Los productos fitosanitarios utilizados en todo el sector deben estar aprobados para cultivos comestibles, incluso cuando se apliquen sobre las plantas ornamentales cercanas. Una nube de pulverización no entiende de límites de cantero, y menos el viento de septiembre.

Lo que sigue faltando, en la mayoría de los municipios del conurbano y de las ciudades chicas del interior, es una política seria de huerta urbana. No alcanza con los talleres barriales y los manuales que andan dando vueltas por WhatsApp: haría falta acompañamiento técnico, acceso a semillas a precio razonable y, sobre todo, una respuesta clara del municipio cuando se trata de habilitar espacios comunes para cultivar. Mientras esa respuesta no llega, la huerta de primavera se va armando igual, maceta por maceta, en los patios de siempre, con la misma mezcla de intuición y de prueba y error que aprendimos de las viejas del barrio.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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