La mesa familiar como terapia: especialistas argentinos piden recuperar la comida compartida para formar mejores comensales
Un consenso de nutricionistas pediátricos advierte que la selectividad alimentaria y el aislamiento frente a la pantalla se combaten, sobre todo, con compañía y rutina. La recomendación central es sencilla y a la vez cuesta sostenerla: comer juntos, al menos una vez por día.

Empiezo el día en la Escuela Nº 12 del barrio de Villa Luro, donde una de las docentes me cuenta que cada vez más chicos llegan con la vianda armada a último momento y desayunan solos en el aula mientras miran el celular. La escena, mínima y repetida, es la puerta de entrada a una discusión que los nutricionistas pediátricos argentinos decidieron dar en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría: la alimentación infantil no se resuelve solo con listas de alimentos permitidos y prohibidos. Se resuelve, en gran parte, en el comedor de casa, en el patio de la escuela y hasta en la mesa improvisada con un amigo.
NutreAR: la comensalidad como eje
El consenso NutreAR, desarrollado por PROFENI (Profesionales Expertos en Nutrición Infantil), puso en primer plano un concepto que a mí, como lectora curiosa del tema, me ordenó varias ideas sueltas: la comensalidad. Es la palabra que usan los especialistas para nombrar todo lo que rodea al acto de comer: con quién se comparte la mesa, en qué horarios, con qué conversación de fondo, en qué espacio. El documento, que cubre desde los dos hasta los diecisiete años, no reemplaza las guías nutricionales clásicas; las complementa con una capa que suele quedar afuera de los manuales.
Roberto, un vecino de Parque Chas con el que hablé mientras esperaba el colectivo, me resumió la idea sin saberlo: "Mi vieja nunca nos dejó comer solos en lo de la abuela, aunque fuéramos los seis alrededor de una mesita ratona. Decía que la comida se compartía o no se comía". Esa lógica de sentido común es, ahora, una recomendación basada en evidencia.
Por qué los chicos imitan lo que ven
Uno de los mecanismos más citados por los especialistas es el aprendizaje por imitación. Cuando un nene ve a sus padres, hermanos, tíos o amigos comer variado, incorporar verduras, probar frutas nuevas o aceptar un guiso distinto al de siempre, amplía más fácilmente su propio repertorio. Por el contrario, la selectividad alimentaria, es decir, cuando un chico se aferra a comer siempre lo mismo, se vuelve más difícil de revertir si no hay referencias cercanas que muestren otras opciones. La sugerencia concreta es ofrecer siempre algo nuevo en el plato, aunque sea en pequeña cantidad, y evitar consolidar menús demasiado restringidos.
Adolescentes solos frente a la pantalla
A partir de los 14 o 15 años, los especialistas detectan un cambio de patrón que preocupa: crece la tendencia a comer solos, en el cuarto, frente a la pantalla. Esa práctica reduce las oportunidades de construir vínculos alrededor de la comida y, de paso, empobrece la alimentación. La recomendación de los nutricionistas es sostener al menos una comida compartida por día. La cena suele ser la más viable porque los horarios de trabajo, la escuela y las actividades deportivas dificultan coincidir en otros momentos. La mesa, aclaran, no tiene que ser necesariamente familiar en sentido estricto: cenar con amigos cumple la misma función.
- Niños de 2 a 6 años: incorporar la mayor variedad posible de alimentos y texturas; ofrecer siempre algo nuevo en el plato, aunque sea en pequeña porción, para ampliar el repertorio por imitación.
- Escolares de 6 a 12 años: sostener desayuno y almuerzo compartidos, y revisar las viandas escolares con criterios de variedad y no de repetición.
- Adolescentes de 12 a 17 años: garantizar al menos una comida familiar o con amigos por día; evitar el comedor solitario frente a la pantalla; priorizar la cena como punto de encuentro.
- Entorno escolar: comedores con menús planificados con criterio nutricional y viandas preparadas en casa con la misma lógica para ampliar las opciones fuera del hogar.
- Regla transversal: el contexto importa tanto como el menú; comer acompañado, sin prisa y con conversación es parte de la prescripción.
Lo que sigue faltando
El consenso de PROFENI llega en un momento en que las familias argentinas tienen la mesa más fragmentada que nunca: padres que llegan tarde del trabajo, chicos con actividades que se superponen, viandas compradas a último momento y pantallas que se llevan a la cama. Los especialistas piden sostener al menos un punto de encuentro diario en la mesa. La respuesta del municipio, consulté, es todavía tibia: en los comedores escolares de gestión porteña se trabaja con menús nutricionalmente planificados, pero los talleres para padres sobre comensalidad y selección de alimentos no están extendidos. La guía quedó en manos de los pediatras y de las familias que, como Roberto y sus seis en la mesita ratona, decidan mantener la mesa compartida como una pequeña política de cuidado cotidiano.
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