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La pantalla del living encendida a las once de la noche: por qué la consulta con el especialista empieza siempre por ahí

Cuando un paciente llega diciendo que no puede dormir, lo primero que le preguntan es qué hace con el celular antes de acostarse. La respuesta, casi siempre, confirma lo que la médica o el médico ya sospechaban. Tres especialistas explican qué pasa en el cerebro, por qué no alcanza con bajarle el brillo, y qué se puede cambiar esta misma semana.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 11 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Acuérdese la próxima vez que esté en el colectivo de la línea que pasa por la acequia de casa, o sentado en el patio de la escuela de los chicos mientras salen: si tiene problemas para dormir, el especialista le va a preguntar qué mira en la tablet antes de irse a la cama. No es una rareza ni una moda de los consultorios modernos. Es, literalmente, lo primero que se indaga cuando alguien se sienta del otro lado del escritorio y dice que no logra conciliar el sueño o que se despierta a las tres de la mañana y no vuelve a pegar un ojo.

La explicación más conocida es la luz azul que emiten teléfonos, computadoras y televisions. Esa longitud de onda corta le ordena al cerebro que todavía no es de noche, y frena la producción de melatonina, la hormona que se encarga de avisarle al cuerpo que es hora de bajar las persianas. Pero Carleara Weiss, asesora científica de Aeroflow Sleep, insiste en que la luz es apenas una parte del problema. La otra, y a menudo la más subestimada, es el contenido que se consume.

No es la pantalla, es lo que mirás en ella

Shelby Harris, especialista en sueño conductual e integrante del consejo asesor de Project Sleep, lo resume con una frase que suele repetir en consultorio: el dispositivo importa menos que lo que se hace con él. Revisar el mail del trabajo, seguir un hilo de noticias o caer en la spirale de redes sociales mantiene al cerebro en un estado de activación que un documental pausado o una playlist tranquila no producen. Además, las pantallas alteran la percepción del tiempo: uno se dice “un minuto más” y cuando levanta la vista pasó una hora. La especialista lo planteó en términos directos: no es necesario eliminar las pantallas antes de dormir, pero sí ser consciente de lo que se hace en ellas y cuánto estimulan.

En el barrio, en la verdulería, en la sala de espera del hospital, la escena se repite: alguien apoyado en el mostrador scrolleando el teléfono mientras paga, otro mirando el chat del trabajo a las once de la noche. Todos saben, en el fondo, que esa costumbre no ayuda. Pocos la cambian.

Las pantallas son el punto de partida, no la respuesta

Rupali Drewek, codirectora del programa de medicina del sueño en Phoenix Children's, aclara algo que parece obvio pero que en la práctica se olvida: preguntar por el celular es un punto de partida, no una conclusión anticipada. Si el paciente mejorara todos sus hábitos con las pantallas y el problema siguiera, la búsqueda recién empieza. Estrés, horarios irregulares, café a las seis de la tarde, alcohol, sedentarismo, algunos medicamentos, reflujo, dolor crónico y cambios hormonales forman parte del listado habitual. También los trastornos específicos, como la apnea obstructiva del sueño o el síndrome de piernas inquietas.

Drewek agrega un dato que ayuda a bajar la ansiedad: algunos despertares nocturnos son parte del sueño normal. No todo corte en el descanso es patológico. Lo que define si hay un problema real es la frecuencia, cuánto duran esos episodios, si la persona logra volver a dormirse y, sobre todo, el efecto en el humor, la atención y el funcionamiento del día siguiente. Si después de una noche fragmentada alguien maneja, trabaja o cuida chicos con la misma lucidez de siempre, probablemente no haya un cuadro clínico detrás.

Lo que sigue faltando, y no es un detalle menor, es la conversación que casi nunca se da en la consulta de medicina general. La mayoría de los adultos con dificultades para dormir sale del consultorio con un ansiolítico o con la indicación de “tratar de relajarse”, y nunca pasa por un estudio de sueño ni por una evaluación específica. Mientras tanto, en la casa, la pantalla del living sigue encendida a las once de la noche, y el vecino del tercer piso me cuenta, mientras sube las bolsas del súper, que volvió a quedarse dormido en el bondi. La buena noticia, como decía al principio, es que este es un hábito modificable. La mala es que, para modificarlo, hay que empezar por apagar la pantalla.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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