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Límites que cuidan: por qué decir que no también es una forma de criar

Especialistas en crianza sostienen que la ausencia de normas claras en la infancia puede dificultar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración. La diferencia clave, dicen, está entre ejercer autoridad con afecto y caer en el autoritarismo.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 27 DE AGO DE 2026 · 3 min de lectura
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En la vereda de cualquier escuela primaria del conurbano bonaerense es fácil escuchar a madres y padres que se justifican, casi pidiendo disculpas, cuando les ponen un freno a sus hijos. Como si marcar un límite fuera un acto de autoritarismo y no, justamente, de cuidado. Llevo años cubriendo temas de infancia y adolescencia, y cada vez que hablo con especialistas vuelve a aparecer la misma preocupación: muchas familias, con la mejor intención, confundieron diálogo con cesión permanente, y eso termina confondiendo a los chicos.

La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, lo explica con una frase que me parece clave para entender de qué estamos hablando: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso".

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

Raschkovan distingue con claridad los dos conceptos. El autoritarismo, dice, es un abuso de poder. En cambio, respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto, insiste, está en el buen trato y no en la ausencia de normas. Esa diferencia no es menor: es la línea que separa criar con presencia de criar con miedo.

  • El estilo autoritario: reglas rígidas, poca escucha y castigos como herramienta principal.
  • El estilo permisivo: mucho afecto, pero límites difusos o directamente ausentes.
  • El estilo democrático o autoritativo: normas claras combinadas con diálogo y contención afectiva. Es el que más recomiendan las especialistas como punto de equilibrio.

Esos tres estilos fueron descriptos en los años sesenta por la psicóloga Diana Baumrind y siguen siendo la referencia obligada cada vez que se discute cómo criamos. Lo que preocupa hoy es que, en nombre del buen trato, muchas familias se corrieron hacia el segundo modelo sin darse cuenta de las consecuencias.

La psicóloga Deborah Bellota lo ve a diario en el consultorio. Según cuenta, los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica, advierte, puede favorecer la autoestima en algunos aspectos, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a las figuras de autoridad. En crianzas sin límites, el costo se paga después.

“Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan

Me quedo pensando en algo que dijo Raschkovan y que me parece central: esa capacidad de tolerar el "no" no aparece de forma espontánea, se aprende. Y se aprende, justamente, dentro de casa, en un entorno seguro, con adultos que sostienen lo que dicen. Si un chico no experimenta el límite en su propia familia, es probable que no cuente con los recursos emocionales para procesar situaciones difíciles cuando las enfrente afuera, en la escuela, en la calle o en cualquier ámbito laboral.

Lo que todavía falta conversar

Bellota insiste en que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": viene después, en el cómo acompaña ese límite, en la explicación que ofrece y en la contención que brinda. Allí está, probablemente, el punto donde muchas familias siguen tropezando: no les falta voluntad de diálogo, les falta formación para sostenerlo. Las especialistas lo repiten en cada charla: todavía falta que el Estado, las escuelas y los centros de salud acompañen a las familias con espacios reales de orientación en crianza, y no solo con slogans sobre buena o mala parentalidad. Mientras esa siga siendo una conversación que ocurre solo en algunos consultorios pagos, criar con límites y con afecto seguirá siendo un privilegio de pocos. Y de eso, como sociedad, todavía nos queda mucho por hablar.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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