Maní, alergias y segundos que cuentan: lo que hay que saber antes de que ocurra
La alergista Jaclyn Bjelac, de Cleveland Clinic, explicó por qué una reacción leve previa no asegura nada, cuáles son las señales para actuar sin dudar y de qué manera la anticipación en bebés y chicos puede salvar una vida.

Empiezo por la escuela de mi hija, en el barrio de Villa Devoto, donde el año pasado una compañerita de segundo grado terminó en la guardia porque una galletita con trazas de maní le provocó una reacción que nadie había visto venir. La nena ya había comido manis antes sin problemas. Por eso la madre repetía, mientras esperaba el parte médico, una frase que se me quedó grabada: si la primera vez no pasó nada, no significa que la próxima tampoco. Esa idea, tan simple y tan contra-intuitiva, es exactamente lo que la alergista Jaclyn Bjelac, de Cleveland Clinic, en una reciente conversación sobre alergias alimentarias.
Porque ahí está la trampa: uno tiende a medir el riesgo por la última reacción. Si fue un poco de picazón en la boca y se pasó sola, se piensa que la próxima será igual. Bjelac lo desmiente de plano: no existe forma confiable de predecir la gravedad de una reacción futura a partir de lo que ocurrió en el pasado. El cuerpo puede responder cada vez de manera distinta, y a veces con una intensidad mucho mayor.
Qué señales obligan a no esperar
- Dificultad para respirar o sensación de garganta cerrada.
- Hinchazón marcada, sobre todo en cara, labios o lengua.
- Mareos, desmayo o sensación de que la presión cae.
- Síntomas que aparecen en dos o más zonas del cuerpo al mismo tiempo, aunque cada uno por separado no parezca grave.
Esas son, según Bjelac, las alarmas que obligan a actuar en el momento. Y acá viene el punto que la especialista repite con énfasis: la anafilaxia puede empezar como algo que parece moderado y agravarse después, o bien aparecer de golpe. En cualquiera de los dos casos, la indicación es la misma: administrar la epinefrina recetada por el médico tratante y llamar a los servicios de emergencia sin demora. No después, no si dudas, no mientras se consulta por teléfono. Primero la medicación, después el teléfono.
Hablo con Carolina, vecina del barrio y mamá de un nene de cuatro años con diagnóstico confirmado de alergia al maní, y me cuenta algo que repite cualquier familia que pasó por esto: el verdadero cambio no fue aprender a leer etiquetas, sino perderle el miedo a la inyección de epinefrina. Durante meses la tenía guardada en un cajón sin tocarla. Hasta que una tarde, en lo de una tía, el chico se llevó a la boca un alfajor que tenía pasta de maní. A los diez minutos empezó con ronquera y una hinchazón que le tomaba los labios. Ella misma, con las manos temblando, le aplicó la dosis. Hoy lo dice sin vueltas: si no la tenía clara, hoy no la estaría contando.
Bebés y chicos chicos, un capítulo aparte
En los más pequeños, el cuadro puede parecerse al de los chicos más grandes, pero también presentarse de formas que confunden. Un cambio en la voz, una palidez repentina, una actitud aletargada que no se, puede ser tanto una rabieta como el inicio de algo serio. Por eso Bjelac subraya que la preparación previa es parte central de la respuesta. No se trata solo de tener la medicación a mano: hace falta que todas las personas que forman parte de la vida del niño sepan dónde está, cómo se usa y cuándo se usa. Eso incluye a la seño, a la abuela, a la madre del amiguito del cumple.
“La organización previa es lo que reduce la duda en el momento en que menos tiempo hay para dudar.”Jaclyn Bjelac, alergista de Cleveland Clinic
La especialista también recuerda algo que parece de sentido común pero que se olvida seguido: la prevención cotidiana sigue siendo relevante. Saber dónde puede aparecer el maní escondido y revisar etiquetas de productos no es un dato menor. En golosinas, en barras de cereal, en ciertas galletas saladas, en platos de restaurantes que usan aceites compartidos. La exposición accidental, en la mayoría de los casos atendidos por guardias, llega por algo que la familia no había identificado como riesgoso.
Mientras tanto, en los pasillos de los centros de salud del barrio todavía hay familias que peregrinan de consultorio en consultorio buscando turnos con alergistas que tardan meses en atenderse. Una madre del barrio de Caballito me escribió esta semana para contarme que su hija de tres años espera un turno desde noviembre y que, mientras tanto, convive con la indicación de no comer nada que no haya visto preparar en casa. Esa es, hoy, la respuesta del sistema de salud para un montón de chicos: esperar.
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