Mujeres y asma: cuando el cuerpo parece trabajar en contra
Después de la pubertad la enfermedad pega más fuerte en mujeres: más crisis, más guardias, más internaciones. Qué dicen las investigaciones recientes y por qué el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia cambian las reglas del juego.

Una vecina del barrio de Belgrano me contaba, mientras tomábamos mate en la plaza, que cada vez que le viene el período se le dispara la tos seca y el silbido en el pecho. Ella tiene 47 años y convive con asma desde los treinta. No lo había dicho nunca delante del médico porque le daba vergüenza. Cuando le preguntaron si notaba algo distinto en esos días, lo pensó un segundo y respondió: "Ahora que lo decís, sí: cada mes me siento peor". No es la única. Detrás de esa sensación hay años de evidencia que recién ahora empieza a difundirse.
Después de la pubertad, la ecuación se da vuelta
Hasta los doce o trece años, los varones son quienes más asma tienen. Pero a partir de la pubertad la tendencia se invierte y, en la adultez, las mujeres concentran la mayor parte de los casos. No solo eso: también son quienes más consultan en guardias, quienes más veces quedan internadas y a quienes más les cuesta llegar a un buen control de la enfermedad. Un análisis publicado en 2025 en BMC Pulmonary Medicine, con datos del estudio Global Burden of Disease 2021, calculó que ese año había 260 millones de personas con asma en el mundo. En las cifras globales las mujeres adultas pesan más.
La diferencia no tiene una causa única, y eso es lo primero que cualquier médica o neumonólogo debería explicar en el consultorio. Hay hormonas, pero también genética, peso corporal y exposición ambiental. No alcanza con mirar una sola variable.
Estrógeno y progesterona como inflamatorias silenciosas
Un trabajo publicado en The Journal of Allergy and Clinical Immunology, encabezado por Dawn C. Newcomb, de la Universidad Vanderbilt, analizó células inmunitarias de pacientes con asma grave y detectó que el estradiol y la progesterona pueden aumentar la producción de IL-17A, una proteína directamente ligada a procesos inflamatorios. En paralelo, las células llamadas TH17 estuvieron más activas en mujeres con asma grave que en varones con el mismo diagnóstico. Las autoras aclaran algo que vale repetir: no se probó causalidad directa ni se puede generalizar, porque la muestra fue chica y parte del análisis se hizo en modelos animales.
“No se trata de genes completamente distintos entre mujeres y varones. Un mismo gen puede comportarse de manera diferente según el sexo, en interacción con factores hormonales y ambientales.”Patricia Silveyra, Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana
Ciclo menstrual, embarazo y menopausia: tres escenarios distintos
- Premenstrual: una revisión estima que hasta el 40% de las pacientes nota variaciones en el asma ligadas al ciclo, aunque los estudios no permiten dar una cifra definitiva. La hipótesis más firme apunta a las oscilaciones de estrógeno y progesterona antes de la menstruación, que podrían aumentar la inflamación bronquial y la sensibilidad de las vías aéreas.
- Embarazo: el cuadro se vuelve impredecible. Un patrón clínico clásico describe que alrededor de un tercio de las embarazadas con asma empeora, un tercio se estabiliza y un tercio mejora. No se sabe de antemano en qué grupo caerá cada paciente.
- Menopausia: la caída brusca de estrógenos suele coincidir con cambios en la inflamación y con un nuevo escenario de síntomas, lo que obliga a reevaluar el tratamiento y a controlar comorbilidades que hasta entonces no aparecían.
En el Hospital de Clínicas y en varios centros públicos del Área Metropolitana de Buenos Aires, las neumonólogas y las alergistas confirman lo que muestran los papers: las mujeres adultas llegan a la consulta con cuadros más arrastrados, con bronquios más reactivos y con tratamientos que suelen haber sido ajustados a prueba y error durante años. Lo que todavía falta, y aquí viene el debate con el municipio y con las obras sociales, es que esa diferencia tenga traducción clínica concreta: que los manuales de guardia incluyan preguntar por el ciclo, que los tratamientos contemplen las fluctuaciones hormonales y que los turnos de seguimiento sean más seguidos en las semanas de mayor riesgo. También falta que se financien estudios con cohortes grandes de mujeres latinoamericanas, porque casi todo lo publicado llega de Estados Unidos y Europa.
Mientras tanto, en la plaza de Belgrano, mi vecina ya agendó turno con su neumonóloga. Va a contarle lo del mate, lo de la tos y lo del silbido en el pecho. Es un primer paso chico, pero es el tipo de conversación que la evidencia viene pidiendo desde hace rato.
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