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Shinrin-yoku: cuando caminar entre árboles se vuelve una herramienta para bajar el cortisol

La práctica japonesa que nació en 1982 para enfrentar el estrés laboral ya recorrió el mundo. Qué dice la ciencia, qué se puede esperar del cuerpo y por qué alcanza con una plaza arbolada y media hora sin pantallas.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 15 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Cuenta la historia que en la acequia del barrio japonés de Akasaka, allá por 1982, el gobierno de Tokio buscaba una salida para un problema que se les había ido de las manos: el estrés crónico de los trabajadores. La fábrica, la oficina, el ruido, la pantalla. Miles de personas llegaban al consultorio con el cuerpo en alerta y la cabeza quemada. La respuesta fue más simple de lo que imaginaban: mandar a esa gente a caminar entre árboles. Así nació el shinrin-yoku, que en nuestra lengua podría traducirse como baño de bosque. Nada de meditación guiada, nada de entrenamiento militar, nada de auriculares con música new age. Sólo poner un pie delante del otro, mirar para arriba, escuchar el viento entre las hojas y respirar. La propuesta era, y sigue siendo, lenta.

Lo que pasó después lo cuenta la ciencia con cierto cuidado, porque todavía hay preguntas abiertas. Pero hay cosas que parecen quedar firmes. Varios estudios coincidieron en registrar descensos en los niveles de cortisol, la hormona que se dispara cuando estamos bajo presión, y mejoras en la frecuencia cardíaca de quienes caminaron por entornos forestados. También se observó una reducción de la actividad del sistema nervioso simpático, que es el que se activa cuando el cuerpo se prepara para huir o pelear. En criollo: el organismo pasa de un modo de alerta a uno de calma.

Qué hacen los árboles que no haga una plaza

Una de las líneas de investigación más llamativas apunta a los fitoncidas, compuestos volátiles que liberan los árboles y que, en laboratorio, mostraron cierta influencia sobre células del sistema inmunológico. Los estudios en personas son todavía preliminares y no permiten sacar conclusiones definitivas, pero la hipótesis está instalada y suma adeptos cada año. Lo que sí parece más robusto es lo que ocurre con la atención. La vida moderna nos obliga a un estado de vigilancia permanente: notificaciones, mensajes, decisiones, luces, pantallas. El bosque, o en nuestro caso una plaza grande con buena sombra, no nos pide nada de eso. Y ese simple cambio de escenario parece alcanzar para que el sistema nervioso se reorganice.

  • Caminar a paso lento, sin apuro por llegar a ningún lado.
  • Dejar el teléfono en el bolsillo o, mejor, en la casa.
  • Prestar atención a lo que se ve, se escucha, se huele.
  • Respirar por la nariz, sin forzar el ritmo.
  • Dedicarle al menos veinte o treinta minutos.
  • Repetir la práctica de manera regular, no como una excepción.

Lo que la ciencia todavía no puede precisar

Conviene decirlo con honestidad: la mayoría de los trabajos comparan caminatas en bosque con caminatas en ciudad. Eso impide separar cuánto del beneficio viene de los árboles en sí y cuánto del silencio relativo, de la luz natural, del aire libre o simplemente de haber dejado la rutina unas horas atrás. No es un detalle menor, porque si todo el efecto fuera por alejarse de la oficina, entonces una caminata por la costanera un domingo a la mañana daría resultados parecidos. La ciencia, por ahora, no termina de zanjarlo. Lo que sí parece cierto es algo más de fondo: el sistema nervioso responde al ambiente donde funciona, no sólo a decisiones conscientes. Y durante casi toda la historia humana, ese ambiente fue naturaleza. La ciudad es relativamente nueva en esa historia.

Mientras tanto, en las plazas de Buenos Aires, de Rosario, de Córdoba, de Mar del Plata, vecinos como Ramón, el de siempre, salen a caminar después de cenar y vuelven diciendo que sienten la cabeza más liviana. No hace falta un bosque lejano ni un viaje a la montaña. Alcanza con un árbol, media hora y el teléfono guardado. Eso, hoy, ya es bastante.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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