Un visto y un suspiro: cuando un mensaje corto se vuelve una pelea de pareja
Las psicólogas Karina Carreño y Marina Mammoliti explican por qué solemos rellenar los silencios del celular con sospechas, qué pasa en el cerebro cuando falta información y qué herramientas concretas recomiendan para salir del loop de la interpretación.

En la redacción llevamos meses escuchando la misma escena: una pareja sentada a la mesa, uno mira el celular, el primero manda un mensaje escueto, el segundo lo lee, se le cierra la cara y empieza una discusión que nadie sabe bien cómo arrancó. No es un chiste de WhatsApp: es lo que les pasa a cientos de pacientes que llegan al consultorio de Karina Carreño y Marina Mammoliti. Las dos psicólogas coinciden en algo que parece obvio y sin embargo cuesta horrores aplicar: antes de responder un mensaje que nos genera malestar, hay que distinguir qué pasó de qué significado le estamos poniendo encima.
Que la pareja haya contestado con un "ok" es un dato verificable. Que esté enojada es una interpretación. Carreño, neuropsicóloga, lo dice con una frase que repite hasta el hartazgo en su consultorio: regular la ansiedad y preguntar antes de dar por cierta una intención que todavía no conocemos. Parece simple, pero no lo es, y ahí está la trampa. Porque cuando el cerebro no tiene datos sobre lo que siente el otro, se los inventa.
Lo que hace el cerebro cuando falta información
Carreño explica el mecanismo con una claridad que a mí, como adulta de 45 años que todavía chequea el celular cada diez minutos, me dejó pensando. Cuando no hay pistas sobre los pensamientos o sentimientos del otro, el cerebro intenta anticiparlos. Para completar lo que desconoce, recurre a lo que tiene guardado: experiencias anteriores, viejos miedos, inseguridades de toda la vida. Entonces una demora de veinte minutos en responder se transforma en pérdida de interés. Un "holu" con la u final se vuelve desprecio. Una tarde en la que el otro necesita estar solo se lee como abandono.
Mammoliti, psicóloga clínica, lo dice desde otro ángulo: las experiencias dolorosas pasadas funcionan como un filtro sucio. Si alguien tuvo una infidelidad encima, si cargó un abandono, si convivió con la indiferencia, cualquier conducta ambigua se lee en clave de amenaza. La necesidad de estar a solas se percibe como frialdad. La baja autoestima hace el resto: si no me considero valioso, entonces tiene sentido que el otro me esté dejando de lado. Así se arma el circuito.
“El cerebro no tolera el vacío de información, lo llena con lo que tiene a mano, y lo que tiene a mano suele ser lo que más miedo nos da.”Karina Carreño, neuropsicóloga
Tres herramientas para cortar el loop
- Distinguir el hecho de la interpretación. Preguntarse qué pasó concretamente y qué significado le estoy agregando. Si solo tengo suposiciones, todavía no tengo un conflicto: tengo una historia que me estoy contando.
- Reconocer la emoción propia antes de actuar. Mammoliti propone mirar para adentro: qué me pasa a mí con este silencio o esta respuesta seca. Nombrar la emoción (inseguridad, miedo al abandono, bronca vieja) suele desactivar la urgencia de sacarla afuera.
- Preguntar de manera directa, sin acusar. Carreño insiste con la comunicación cara a cara o, al menos, por audio. Una pregunta abierta baja la incertidumbre y reduce la reacción de alerta. Y aprender a convivir con que la respuesta no llegue en el momento.
El problema aparece cuando las conjeturas empiezan a dirigir las respuestas. Carreño describe discusiones enteras por situaciones imaginadas: reproches por algo que nunca pasó, pedidos reiterados de seguridad que cansan al otro, escenas armadas a partir de un emoji mal interpretado. La confianza se desgasta no por lo que hizo la pareja, sino por lo que le atribuimos sin fundamento. La propuesta de las dos especialistas vuelve siempre al mismo punto: hechos, emoción propia, diálogo directo. Nada de leer la mente ajena.
Las especialistas coinciden también en lo que sigue faltando. Faltan espacios para aprender a tolerar la incertidumbre, porque la cultura del celular nos acostumbró a respuestas instantáneas y a la fantasía de que el otro siempre está disponible. Falta educación emocional en la adultez: a los 40, 50, 60 años seguimos manejando las relaciones de pareja con herramientas que aprendimos a los 15. Y falta, sobre todo, la costumbre de preguntarle al otro antes de inventar lo que siente. Mientras tanto, en las mesas de los bares de Colegiales y Belgrano, y en los grupos familiares de los domingos en Avellaneda, la escena se repite: una pantalla encendida, una sospecha a flor de piel y una pelea que empezó en un mensaje que nadie tuvo el coraje de aclarar.
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