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Una mano que calma: lo que la neurociencia descubre sobre el poder del contacto

La especialista Paula Salamone recorre cómo el tacto modula el miedo, qué tiene de distinto rozarse a uno mismo y por qué las culturas cambian la distancia entre las personas. Una nota para volver a confiar en los gestos de toda la vida.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 24 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

A veces uno se cruza con la ciencia en el lugar más inesperado: en una mano tendida, en un abrazo que llega justo cuando el cuerpo se tensa de miedo, en una caricia que nadie pidió pero que alguien regaló. La doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone, que investiga hace años cómo la piel dialoga con el cerebro y con el sistema nervioso, se topó una y otra vez con esa misma conclusión: el contacto físico es una herramienta concreta para regular lo que sentimos. No es una frase hecha ni un consejo de autoayuda. Es lo que muestran sus trabajos y los de otros equipos que estudian de qué manera un estímulo sobre la piel puede cambiar la actividad cerebral, modular la médula espinal y empujar al organismo entero hacia la calma o hacia la alerta.

El caso más llamativo, y el que más se repite en los artículos académicos, es el de los chicos que toman la mano de un adulto frente a una amenaza. Salamone, que conversó con este portal sobre sus líneas de investigación, lo resumió de un modo que cualquier padre o maestra entiende al toque: ese gesto simple reduce el miedo. No es magia ni caridad: es una vía neurofisiológica por la cual la señal táctil llega al cerebro, se cruza con las áreas que procesan la emoción y modifica la respuesta de estrés.

Tocarse a uno mismo no es lo mismo que ser tocado

Todos nos pasamos la mano por el pelo cuando estamos nerviosos, o nos acariciamos la barba mientras pensamos. Salamone lo describe como una forma de autocontacto que también cumple una función regulatoria. La diferencia con que lo haga otro es decisiva. El cerebro distingue entre las acciones que uno mismo genera y las que llegan desde afuera. Esa distinción cambia la intensidad del estímulo, el significado emocional y la manera en que se procesa. Por eso un abrazo inesperado puede conmover más que diez minutos de frotarse los hombros uno solo.

  • El tacto con otra persona activa circuitos de recompensa y de calma que el autocontacto no logra igualar.
  • El cerebro trata de manera distinta un estímulo propio y uno externo, aunque la piel sea la misma.
  • Las cosquillas ilustran esa frontera: cuando uno se las provoca, anticipa el movimiento y la sorpresa se diluye; cuando las hace otro, queda un margen de incertidumbre que potencia la risa.
  • El contacto social funciona como modulador del miedo y de la ansiedad en criaturas de todas las edades.

La cultura entra por la distancia

Salamone contó un detalle que me hizo acordar a cualquier porteño perdido en un aeropuerto europeo. Cuando estuvo investigando en Suecia, descubrió que mantener una conversación a tres metros de distancia era algo perfectamente normal entre colegas. Acá, a tres metros, uno piensa que lo están dejando con el visto bueno. La especialista lo dijo sin rodeos: las diferencias culturales en el espacio personal no implican emociones distintas, sino otras formas de expresarlas y de vincularse. Cada sociedad arma su propio idioma del cuerpo y de la cercanía.

En la Argentina, Salamone integra Tango-i Lab, un equipo que estudia la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, esos momentos en los que uno siente que el cuerpo no le pertenece del todo. El grupo también se pregunta si la falta de interacción física durante los aislamientos por la pandemia dejó huellas posteriores. Es todavía una pregunta de investigación, sin respuestas cerradas, pero está sobre la mesa.

Lo que sigue faltando

Me quedé con la sensación de que sabemos bastante sobre el qué y todavía poco sobre el cómo aplicar todo esto. La ciencia ya demostró que una mano, un abrazo o una caricia no son solo cortesías: son intervenciones concretas sobre el sistema nervioso y sobre las emociones. Falta traducirlo en políticas públicas de salud mental, en protocolos de acompañamiento en guardias hospitalarias, en formación docente y, sobre todo, en conversaciones cotidianas sin culpa ni vergüenza. Mientras tanto, en la redacción de Sociedad y Vida Cotidiana de este portal, yo me sigo prometiendo algo sencillo: la próxima vez que vea a un vecino o a una conocida con cara de estar pasándola mal, en lugar de inventar una frase perfecta voy a ofrecer lo que la neurociencia dice que sirve. Aunque más no sea, una mano.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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