Cuando la grasa corporal baja de más: el cuerpo empieza a pasarla mal
El tejido adiposo no es un adorno: guarda energía y fabrica hormonas. Reducirlo en exceso puede castigar músculos, huesos y hasta la fertilidad. Especialistas en metabolismo y medicina deportiva revisaron qué pasa cuando se cruza el umbral.

Hay una idea que corre de boca en boca en cualquier gimnasio del barrio y que yo misma escuché mil veces en la calle: cuanto menos grasa corporal, mejor. Error. Llevar las reservas a un piso demasiado bajo puede ser tan problemático como pasarse de rosca con el peso. El tejido adiposo no está ahí sólo para que entremos en un jean: almacena combustible, pero también produce hormonas y participa en la regulación del hambre, la temperatura y hasta la respuesta inmune. Cuando ese depósito se vacía de más, el cuerpo empieza a recortar funciones como si ajustara gastos en una economía de crisis.
El número no cuenta toda la historia
Antes de seguir hay que aclarar algo que parece obvio pero no lo es. Ese porcentaje que aparece en la balanza de bioimpedancia del gimnasio o que leemos en la app del celular, por sí solo, no alcanza para diagnosticar nada. La edad, el sexo y, sobre todo, dónde se ubica la grasa cambian el diagnóstico. Una bioimpedancia puede dar un valor bajo si esa mañana la persona tomó poca agua, porque la lectura depende del estado de hidratación. Un plicómetro, ese aparato que pellizca la piel, mide lo que está debajo del dedo, pero no ve la grasa que envuelve los órganos, que es justamente la más peligrosa.
El estudio más serio que se usa como referencia se hizo con más de setecientos deportistas y estuvo a cargo de Tamara Hew-Butler, investigadora de la Universidad Estatal de Wayne. La herramienta fue una densitometría DEXA, la misma que se usa para medir la osteoporosis, que diferencia entre grasa, músculo y hueso con bastante precisión. Los valores mínimos que registró ese trabajo fueron del diez por ciento en hombres y del dieciséis en mujeres. Lejos, muy lejos, de ese uno o dos por ciento que algunos muestran con orgullo en redes como si fuera una hazaña.
Qué pasa cuando se cruza el umbral
Jessica Maung, investigadora de enfermedades metabólicas de la Universidad de Míchigan, lo explica con una frase que a mí me quedó dando vueltas: cuando la grasa cae por debajo de cierto punto, el cuerpo deja de tener reservas de energía suficientes y empieza a tirar del músculo como si fuera una caja de ahorro. El resultado es doblemente malo: se pierde fuerza y, peor todavía, se resiente el tejido óseo. Se genera menos hueso nuevo y se repara peor el que ya está. En los hombres, además, cae la testosterona, baja la energía, rinden menos. En las mujeres deportistas, la consecuencia más visible suele ser otra: la menstruación se vuelve irregular o directamente desaparece. La amenorrea, como la llaman en los consultorios, es una señal de alarma que muchas veces se relativiza y no debería.
Fredrik Karpe, profesor de medicina metabólica de la Universidad de Oxford, agregó un dato que me pareció clave: con pocas reservas el cuerpo responde peor a una infección grave. Falta energía para montar la defensa. Todo esto tiene una explicación hormonal. La grasa produce leptina, una sustancia que le dice al cerebro cuánta energía hay guardada. Si esa señal cae, el cerebro interpreta que estamos en emergencia y empieza a recortar funciones: la fertilidad, la reparación ósea, la respuesta inmune. Es un sistema muy viejo, de cuando lo que sobraba era el hambre y no la comida.
La grasa que sobra, dónde sobra
Y ojo, porque la otra cara de la moneda tampoco es gratis. El exceso también importa, sobre todo cuando la grasa se acumula alrededor de los órganos. Eso es lo que se llama grasa visceral: la que envuelve el hígado, el páncreas, el corazón. Esa es la que se asocia con el riesgo metabólico, con la diabetes, con la hipertensión. Por eso insisto: no alcanza con mirar el número de la balanza. Hay que mirar dónde está esa grasa, cómo se reparte, qué pasa con los análisis de sangre, qué cuenta el médico de cabecera.
Mientras tanto, en la consulta de cualquier centro de salud del conurbano, la escena se repite: alguien llega con un papelito impreso del aplicativo del teléfono donde figura un porcentaje y pregunta si está bien. Lo que falta todavía es una conversación más larga, con más tiempo, que explique que ese número no se interpreta solo. Que la grasa no es enemiga ni aliada incondicional. Que el cuerpo necesita una cantidad mínima para funcionar, y que pasarse de delgado puede ser tan señal de alerta como pasarse de peso. Faltan campañas públicas sobre esto, faltan profesionales formados en composición corporal en los centros de atención primaria, y falta, sobre todo, que dejemos de mirar el espejo y empecemos a mirar los estudios.
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