Saltar al contenido
Lunes, 5 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Buscar ⌕
Diario Dos Voces

Diario Dos Voces

Portada — Vida —

Cuando lo que se ve, se siente o se cree deja de coincidir con lo que pasa afuera

Ver cosas que otros no ven, sentir que el cuerpo cambió de tamaño o sostener ideas que los demás no comparten son experiencias que merecen una consulta médica. Repasamos qué señales conviene llevar al profesional y por qué la evaluación clínica es clave antes de cualquier diagnóstico.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Cuando lo que se ve, se siente o se cree deja de coincidir con lo que pasa afuera

Empiezo por donde arranca cualquier conversación de barrio, en la vereda de siempre, porque hay temas que hasta que no tocan a alguien cercano parecen lejanos. De pronto, un primo te dice que ve figuras donde no hay nadie, o una vecina te comenta que siente que su casa se encogió, y uno se queda pensando qué hacer. La respuesta es simple y vale la pena repetirla: no hace falta saber qué está pasando para pedir una evaluación médica. Los cambios repentinos en la visión, las distorsiones persistentes del tamaño de los objetos o las sensaciones físicas sin explicación son motivos de consulta, y también lo son las creencias firmes sobre la salud o sobre las personas cercanas que generan un malestar intenso y arruinan los vínculos cotidianos.

Tres palabras que no son lo mismo

Antes de hablar con un profesional, ayuda entender qué palabra usar para cada experiencia, porque no es lo mismo ver algo distorsionado que ver algo que no existe ni creer algo que no se puede comprobar. El material médico consultado lo explica con una claridad que vale la pena reproducir en castellano de barrio.

  • Distorsión: modifica la percepción de algo que sí existe, por ejemplo sentir que una habitación cambió de tamaño.
  • Alucinación: supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca.
  • Delirio: es una creencia fija que se mantiene aunque haya pruebas en contrario.

Esa diferencia no es un capricho académico. Cambia la urgencia, cambia el especialista y cambia el estudio que el médico va a pedir. Por eso conviene llegar a la consulta con la mayor precisión posible sobre lo que le pasa a la persona, su cuerpo y su cabeza.

Ver lo que otros no ven: no siempre es un problema psiquiátrico

Acá aparece una de las cosas que más sorprenden cuando uno se pone a leer el tema con calma. Ver figuras que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. Existe un cuadro llamado síndrome de Charles Bonnet, en el que personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas y, al mismo tiempo, reconocer que esas imágenes no son reales. La evaluación, en esos casos, contempla exámenes neurológicos y cognitivos, y en presentaciones atípicas se piden estudios de neuroimagen para descartar otras causas.

Esto importa por algo que uno escucha seguido en la sala de espera: "algo tiene, porque ve cosas". No. La indicación médica es otra, y el vecino debe quedarse tranquilo con que existe un cuadro conocido, descripto y tratable, que nada tiene que ver con un diagnóstico psiquiátrico a priori.

Cuando el cuerpo parece cambiar de tamaño

Las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno también necesitan contexto clínico, y ahí entra el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, que puede modificar la percepción visual, corporal y temporal. Una revisión de 169 casos encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos y que las encefalitis predominaban en menores de 18 años. Es decir, lo que parece un disparate perceptual muchas veces tiene una causa neurológica concreta, identificable y tratable.

La lección para cualquiera que conviva con alguien con migrañas frecuentes o para padres de chicos con cuadros neurológicos es clara: cualquier alteración rara de la percepción merece una consulta, no un comentario en la mesa familiar.

Creencias que comprometen la vida cotidiana

Hay manifestaciones que comprometen las creencias sobre uno mismo o sobre los demás, y que van mucho más allá de una opinión distinta. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y, punto clave, no deben interpretarse como conductas voluntarias. Los celos delirantes, del mismo modo, no equivalen a los desacuerdos habituales de pareja: tienen una estructura clínica propia y un abordaje específico.

Cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación médica debe descartar primero una infestación real y otras causas médicas antes de considerar un diagnóstico psiquiátrico primario. Entre esas posibles causas figuran déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento, como se ve, depende de lo que el profesional encuentre, y no de lo que uno imagine mirando desde afuera.

Lo que sigue faltando

Cierro la nota como me gusta cerrar las notas, con lo que todavía queda pendiente y eso me parece lo más importante para llevar a la mesa familiar. Falta, en primer lugar, que el sistema de salud garantice el acceso rápido a neurología y psiquiatría cuando aparece una señal de este tipo, porque la ventana de evaluación importa. Falta, en los barrios, derribar el mito de que ver cosas o sostener ideas raras equivale a locura, y reemplazarlo por la idea más útil y más humana de que equivale a una consulta. Falta, en las familias, el gesto más sencillo y más revolucionario: en lugar de discutir la respuesta del municipio, abrirse a escuchar al médico y acompañarlo en el proceso. Y falta, sobre todo, entender que ninguna de estas experiencias permite, por sí sola, establecer un diagnóstico. Solo la evaluación profesional, completa y oportuna, puede definir qué atención necesita cada persona. Lo demás, por ahora, es incertidumbre. Y la incertidumbre, como decía un médico que me tocó entrevistar hace años, se trata: no se comenta, se consulta.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo