Después de los 30, los huesos también necesitan que uno se haga cargo
Una especialista británica repasó las claves para conservar la masa ósea, evitar fracturas y entender por qué la menopausia, algunos medicamentos y ciertas enfermedades pueden cambiar las reglas del juego. Calcio, vitamina D y ejercicio con carga, en el centro de la escena.

Lo primero que hay que decir, y que a mí me cuesta cada vez que lo escucho, es que los huesos no se cuidan solos. Una fractura después de una caída desde la propia altura no es un simple tropezón con mala suerte: puede ser la primera señal visible de que el esqueleto viene perdiendo densidad hace años. La osteoporosis, justamente, suele pasar inadvertida hasta que aparece una lesión. Lo explicó así la especialista Elaine Dennison, y la frase me quedó dando vueltas porque descree el mito de que los huesos son una estructura rígida que no necesita mantenimiento.
Por qué los 30 son una frontera, aunque duela
La masa ósea llega a su máximo cerca de los 30 años. Después, el tejido sigue renovándose, pero pierde volumen cuando la degradación supera a la formación. Eso quiere decir que todo lo que hagamos antes de esa frontera —y sobre todo después— define cómo vamos a llegar a los 50, 60 y 70. La menopausia acelera el desequilibrio por la caída de estrógenos, y ahí la pendiente se vuelve más pronunciada para las mujeres.
Cuándo conviene consultar, aunque uno se sienta bien
Dennison recomendó no esperar a que el cuerpo avise. Hay situaciones que justifican una consulta médica incluso sin síntomas:
- Fracturas de cadera, muñeca o columna en la familia directa.
- Antecedentes personales de fracturas por caídas leves.
- Uso prolongado de corticoides.
- Tabaquismo.
- Enfermedades que dificultan la absorción de nutrientes.
- En el caso de las mujeres, llegada de la menopausia, especialmente si fue precoz.
La densitometría DEXA y la herramienta FRAX
Para evaluar el riesgo existen dos recursos que los médicos utilizan de manera habitual: la densitometría DEXA, que mide la densidad mineral del hueso, y la herramienta FRAX, que cruza factores clínicos para estimar la probabilidad de fractura a diez años. Ninguno de los dos reemplaza la conversación con un profesional, pero ambos ayudan a orientar decisiones: desde cuándo empezar un tratamiento hasta qué cambios de hábito tienen sentido.
Mover el cuerpo: qué sirve y qué queda corto
Acá viene uno de los puntos que Dennison más remarció y que a mí me parece clave: para estimular al hueso hace falta carga. El esqueleto se adapta cuando recibe una exigencia mecánica. Por eso funcionan los ejercicios de fuerza, subir y bajar de una plataforma, correr o saltar. Los músculos, además, transmiten tensión al hueso y favorecen esa adaptación. La natación, en cambio, aporta beneficios musculares y cardiovasculares, pero el agua sostiene el cuerpo y reduce la carga sobre el esqueleto: no produce el mismo estímulo mecánico que las actividades con apoyo e impacto. Quienes tengan baja densidad en la columna o antecedentes de problemas de espalda necesitan orientación profesional antes de levantar pesas, porque lo que sirve para la mayoría puede no convenir en esos casos.
Qué poner en la mesa
El calcio y las proteínas son los grandes aliados del hueso. Leche, yogur, queso, alimentos fortificados y algunos vegetales de hoja verde aportan calcio. La vitamina D es la llave que permite absorberlo y fijarlo en el hueso, y se obtiene de la exposición al sol y de algunos alimentos. Dennison también mencionó a las vitaminas K y C y al magnesio, siempre dentro de una alimentación equilibrada con frutas y verduras. No existen atajos: el plato bien armado hace más de lo que uno suele creer.
La prevención de caídas, la otra mitad del cuidado
En los adultos mayores, mantener la fuerza muscular, la movilidad y el equilibrio ayuda a reducir situaciones que terminan en una fractura. La resistencia del hueso importa, pero también la posibilidad de evitar el golpe. Iluminar bien los pasillos, sacar alfombras sueltas, usar calzado firme y revisar la vista y el oído son medidas tan concretas como subestimadas. Volví a pensar en mi vecina Marta, que el año pasado se cayó en el umbral de su casa y terminó con una fractura de muñeca que la tuvo a maltraer durante meses. Ella me dijo entonces, todavía enyesada: «No me dolió caer, me dolió no haber podido levantarme». Esa frase resume mejor que cualquier paper por qué la prevención de caídas es la otra mitad del cuidado óseo.
Lo que sigue faltando
Aunque la evidencia es clara, en la consulta cotidiana todavía cuesta instalar estas conversaciones antes de que aparezca la fractura. Faltan campañas públicas que lleguen a los adultos jóvenes con un mensaje simple —«tu pico óseo se decide ahora»— y faltan obras sociales que cubran la densitometría sin exigir una fractura previa como requisito. También falta, y esto lo veo en los barrios del sur del conurbano donde trabajo, acceso a espacios seguros para moverse y a alimentos ricos en calcio y vitamina D a precios razonables. Cuidar los huesos no es un tema de la tercera edad: es una inversión que el cuerpo empieza a cobrar antes de lo que uno imagina.
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