Dos preguntas que obligan a mirar de frente las decisiones propias
Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio sencillo para separar lo que cada uno quiere de lo que el entorno le pide. La clave está en admitir que el rumbo no viene escrito de antemano.

Vivo en el barrio de Villa Crespo y cada mañana, cuando paso por la escuela pública que está a dos cuadras de casa, me cruzo con madres y padres que llevan a sus hijos en silencio, con la mirada puesta en el celular o en la lista de pendientes del día. Muchas veces pienso en la cantidad de decisiones que esas familias tomaron antes de que sonara el timbre: a qué jardín mandar a los chicos, qué carrera estudiar, en qué trabajar, con quién casarse. Decisiones que, en buena medida, no eligieron ellos sino un guion heredado de los padres, los abuelos o el barrio. Por eso me interesa especialmente la propuesta de Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, que se resume en dos preguntas simples pero que incomodan.
El ejercicio que propone Bedzow
- Primera pregunta: ¿de quién es la vida que estás viviendo? Suele tener una respuesta rápida, casi automática.
- Segunda pregunta: ¿quién debería determinar cómo vivís? Genera más incomodidad porque obliga a admitir que nadie fija el rumbo de antemano.
- La diferencia entre escuchar a los demás y entregarles el control: se puede pedir consejo sin ceder la decisión final.
“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo”Ira Bedzow, filósofo y director del Emory Purpose Project
Bedzow aclara que la autorreflexión que sugiere no tiene nada que ver con quedarse mirando el techo. No es introspección vacía, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados. Practicarlo en decisiones de bajo riesgo, dice, fortalece el criterio para cuando las apuestas son mayores. A mí, como vecina de Villa Crespo que escucha quejas en la verdulería y celebra logros en la plaza, me resulta una idea tranquilizadora: que pensar antes de decidir no es debilidad, sino entrenamiento.
Un metanálisis de Sezer y otros investigadores, citado por Bedzow, coincide con la idea: las personas que persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más y a registrar mayor bienestar. El contraste aparece con quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, presión de estatus o miedo a la culpa. La filósofa Susan Wolf, a su vez, aporta otro ángulo: el sentido no surge solo del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso. Preguntarse si lo que se busca merece ser buscado es, según Bedzow, un segundo paso indispensable.
En el barrio, cuando le comenté este ejercicio a Marta, la señora que atiende la panadería de la esquina, me miró con los ojos abiertos y se rió. ¿Quién debería determinar cómo vivo yo? A los cincuenta y ocho años, después de tres décadas criando hijos y atendiendo a su marido, la pregunta la descolocó. Después de unos minutos, me dijo que iba a empezar por algo chico: elegir ella misma qué hacer el domingo, sin consultar primero qué esperaba el resto. Es un comienzo modesto, pero es un comienzo. Todavía falta, y mucho, para que estas dos preguntas se incorporen a la conversación cotidiana de las familias argentinas. No aparecen en las notas de los diarios locales, no se mencionan en las reuniones de consorcio, no forman parte del menú de las psicólogas que atienden por obra social. Mientras tanto, sigue faltando que se discutan en serio y que el municipio, los gremios y las escuelas se hagan cargo de algo que Bedzow pone en el centro: distinguir entre recibir perspectivas externas y entregarles el control.
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