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Miércoles, 14 de octubre de 2026
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La infancia que vuelve cada vez que un padre se para frente a su hijo

El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey recorre las huellas que deja la crianza recibida y explica por qué cuesta tanto dejar atrás los mandatos, las violencias naturalizadas y las vergüenzas heredadas cuando llega el momento de criar.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
La infancia que vuelve cada vez que un padre se para frente a su hijo

En las reuniones de padres de la escuela pública de Parque Patricios siempre aparece la misma escena: un adulto se quiebra contando cómo le hablaba su viejo y, sin querer, se escucha diciendo lo mismo. No es un estreno ni un caso aislado. Es, apenas, la prueba más visible de algo que la psicología del trauma viene señalando hace rato: nadie arranca la crianza desde cero, y la historia propia se cuela en cada decisión, en cada grito, en cada silencio.

Lo dice sin rodeos el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, en una conversación que deja más preguntas que respuestas tranquilas. "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", señala. Esa mochila aparece en la forma de hablar, en el modo de poner límites, en cómo se reacciona frente a un conflicto, y hasta en las ideas que circulan por la casa sobre el éxito, el dinero y el afecto.

Lo que hay que interrumpir, aunque no sea fácil de ver

Según el especialista, el problema no está en repetir, porque algo siempre se repite. Lo que está en juego es qué se repite y con qué consecuencias. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa McCoubrey. Las marcas más difíciles de cambiar no siempre son las más visibles, porque están tan incorporadas que pasan años sin cuestionarse.

  • Pérdidas silenciadas que nunca tuvieron un lugar en la mesa familiar.
  • Violencias naturalizadas que se disfrazan de "así se educaba antes".
  • Vergüenzas heredadas que se transmiten como si fueran características personales.
  • Mandatos que saltan de generación en generación sin que nadie los revise.

El hilo en común de todos estos puntos suele ser la rigidez: la dificultad de tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que esperaba el padre o la madre. Esa rigidez se nota en los detalles cotidianos, en la insistencia por un horario, por una manera de sentarse, por una forma de hablar, y termina funcionando como una armadura que ya no protege a nadie.

Hacer lo contrario tampoco alcanza

En el barrio de Villa Devoto, donde todavía quedan familias que se conocen de tres generaciones, Carolina, maestra de primaria, repite lo que escucha todo el tiempo en la sala de docentes: "Yo no quiero ser como mi vieja". La frase parece un escudo, pero no siempre alcanza. McCoubrey advierte que criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se termina respondiendo a una pelea pendiente con los propios padres. Quien se crió en un hogar rígido puede convencerse de que cualquier frustración ya es un trauma, y entonces confunde límites con violencia y libertad con abandono.

“Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

La clave, insiste el especialista, no es buscar un punto medio matemático entre lo que se recibió y lo que se quisiera haber tenido, sino mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. Una señal de que la propia historia está interfiriendo puede ser una reacción desmesurada frente a una situación cotidiana: una bronca que desborda, una preocupación extrema o la necesidad de tener todo bajo control, como si la crianza fuera un examen.

Cambiar esos patrones no significa no volver a equivocarse, y en eso el psicólogo es directo. "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", propone. El movimiento importa más que la perfección, dice, porque del otro lado de la puerta hay un chico que está mirando cómo se le pone nombre a un error.

Mientras tanto, en los consultorios de Pompeya y de La Paternal, donde McCoubrey atiende, lo que más se repite no es la consulta por un chico problemático sino la de un adulto que recién a los cuarenta empieza a entender qué le pasó. Ahí aparece lo que todavía falta: políticas públicas de salud mental que lleguen a las escuelas y a los centros de primera infancia, y no solo a quienes pueden pagar una terapia particular. Porque mientras esa historia siga llegando en silencio, la crianza va a seguir siendo el campo de batalla donde se juegan, otra vez, las cuentas pendientes de la infancia.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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