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La presión que no avisa: por qué en la Argentina casi cuatro de cada diez hipertensos todavía no saben que lo son

El Registro Nacional de Hipertensión Arterial muestra que más de un tercio de los adultos convive con presión elevada sin haber sido diagnosticado. Medirse, tratarse y sostener hábitos saludables son las tres patas de un cuidado que sigue pendiente en buena parte de la población.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
La presión que no avisa: por qué en la Argentina casi cuatro de cada diez hipertensos todavía no saben que lo son

A veces una cifra chiquita, anotada en un cuaderno o en la pantalla del celular, alcanza para cambiar el resto de la vida. La presión arterial es uno de esos datos que uno cree tener bajo control sin haberlo medido nunca, y eso es justamente lo que preocupa a los especialistas: en la Argentina, el 36,3% de los adultos mayores de 18 años tiene hipertensión y, de ese grupo, casi cuatro de cada diez personas lo desconocen. Son alrededor de 12 millones de hipertensos, de los cuales una porción significativa camina por la calle con la presión alta sin haber recibido todavía un diagnóstico.

Lo que vuelve a esta enfermedad tan particular es su manera de pasar inadvertida. La hipertensión no suele doler ni dar avisos claros en sus primeras etapas, y por eso la frase de los médicos de cabecera se repite en cada campaña: la única manera de saber cómo está la presión es midiéndola. Un control de pocos minutos, indoloro, al alcance de cualquier centro de salud, farmacia o domicilio, alcanza para abrir o descartar una puerta que, si queda cerrada demasiado tiempo, puede terminar en un infarto o en un accidente cerebrovascular.

Por qué cuesta tanto llegar al diagnóstico y al control

El problema no termina cuando aparece el diagnóstico. El Registro Nacional de Hipertensión Arterial advierte que, entre quienes ya reciben tratamiento, apenas alrededor del 44% consigue mantener los valores dentro de los rangos recomendados. Es decir, aun sabiendo que están enfermos, muchos pacientes no logran estabilizarse, ya sea por dificultades con la medicación, por la falta de controles periódicos o por la ausencia de hábitos saludables sostenidos en el tiempo.

La escena se repite en casi todo el mundo. El segundo informe mundial sobre hipertensión arterial de la Organización Mundial de la Salud, publicado en 2025, advierte que 1.400 millones de adultos viven con presión elevada en el planeta y que solo uno de cada cinco la tiene controlada. La Argentina no es la excepción dentro de ese mapa, y la pregunta que queda flotando es por qué un trastorno tan estudiado y tan tratable sigue sumando millones de diagnósticos tardíos.

  • Reducir el consumo de sal y sostener una alimentación equilibrada, con verduras, frutas y legumbres como base.
  • Hacer actividad física de manera regular, aunque sea caminar treinta minutos por día.
  • Atender el estrés crónico, que muchas veces se naturaliza y termina pesando sobre el sistema cardiovascular.
  • Tomarse la presión con periodicidad, en la farmacia, en el centro de salud o en el domicilio, y anotar los valores para compartirlos con el médico.
  • No abandonar el tratamiento una vez indicado: la hipertensión se controla, pero no se cura.

Como vecina de cualquier barrio porteño, veo cada semana cómo esta discusión se cuela en las conversaciones más inesperadas. Una amiga del barrio de Once me contaba el otro día que su padre murió de un ACV sin haber controlado la presión en años, y que recién después del episodio supo que venía con valores altos. Esa historia, multiplicada por miles, es la que reflejan los números del Registro y la que la Organización Mundial de la Salud busca revertir con sus reportes globales.

La respuesta del sistema de salud y lo que todavía falta

Desde el Ministerio de Salud de la Nación se insiste en que los programas de detección temprana deberían reforzarse en los centros de atención primaria, donde la población concurre con más frecuencia. Aun así, las campañas puntuales no alcanzan si no se sostienen en el tiempo y si no se garantizan los turnos de seguimiento, los medicamentos y los estudios complementarios para los pacientes que ya están diagnosticados. En muchos municipios del conurbano bonaerense, por ejemplo, vecinos como Jorge, de Lanús, o Marta, de Quilmes, relatan que conseguir un turno con un cardiólogo puede llevar meses, y que durante ese tiempo la presión se mide de manera irregular.

La hipertensión arterial es, en definitiva, una enfermedad silenciosa que se previene y se controla con herramientas que ya están al alcance de la mano. Lo que falta, y aquí se juega la verdadera discusión, es instalar el costumbre de medirse, de anotarse y de consultar. Porque mientras millones de argentinos sigan sin saber que conviven con la presión alta, los números de infartos y accidentes cerebrovasculares seguirán siendo, también, una cuestión de decisión individual y de política pública. Por ahora, lo que sigue faltando es lo más básico: que tomarse la presión sea tan habitual como pesarse o mirarse la glucemia.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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