Roblox no es un juego: es el patio digital donde millones de chicos argentinos pasan el rato y los padres miran de reojo
La plataforma cumplió veinte años y la divulgadora Julieta Schulkin acaba de publicar una investigación que pone en palabras lo que muchas familias intuían pero no terminaban de entender: la economía interna, las jerarquías, los riesgos y los controles que hay que conocer antes de decidir si un chico entra o no. Una guía para dejar de prohibir a ciegas.

En el barrio de siempre, a la vuelta de la escuela, el patio digital ya tiene nombre y se llama Roblox. Cuando un chico cuenta que estuvo jugando toda la tarde, lo más probable es que no haya estado jugando en el sentido clásico de la palabra: es muy posible que haya estado recorriendo una de las más de seis millones de experiencias que aloja esa plataforma, que este año cumplió veinte años y sigue siendo uno de los espacios digitales más transitados por niños y adolescentes en la Argentina y en el mundo.
Prohibir sin entender: la trampa en la que caen muchas familias
La periodista y divulgadora Julieta Schulkin le dedicó una investigación entera a Roblox y la conclusión que repite cada vez que puede es que buena parte de las decisiones que toman las familias, a favor o en contra, se toman sin entender cómo funciona la plataforma. Lo dijo sin rodeos: hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien. Para Schulkin, la advertencia es concreta y vale la pena repetirla: si un chico no puede usar Roblox, lo más probable es que migre a otra plataforma de diseño similar, con los mismos riesgos y sin la charla que se hubiera podido dar en casa.
Porque, claro, los chicos no llegan a Roblox solamente a jugar. Llegan también a encontrarse, a pasar el rato y, en muchos casos, a ocupar el lugar que en otra época ocuparon la plaza, el club del barrio o la esquina después del colegio. Esa distinción importa y mucho a la hora de pensar cómo acompañarlos: no alcanza con mirar la pantalla como si fuera un videojuego más.
La economía interna: los Robux y la reproducción de las clases sociales
Uno de los aspectos menos visibles para los adultos es la economía interna. Roblox tiene su propia moneda, los Robux, que se compran con dinero real. Con ellos se accede a elementos visuales para el avatar, mascotas virtuales y servidores privados. Se puede jugar sin gastar un peso, sí, pero quienes tienen Robux o pasan muchas horas acumulando recompensas terminan accediendo a beneficios que los demás no tienen. Schulkin lo describe de una manera que pega fuerte: es una reproducción de la estructura de clases sociales, igual que en la vida física, adentro del juego se nota quién invirtió dinero y quién no.
En el barrio donde me crié, esa diferencia la marcaba la marca de la mochila o el par de zapatillas que alguien estrenaba en marzo. En Roblox la marca la marca el avatar, y la diferencia la ven todos.
La dimensión social que se suele pasar por alto
Otro punto que las familias suelen dejar de lado es la dimensión social de la plataforma. Los usuarios pueden seguir a otros, tener seguidores y armar grupos de amigos. La plataforma recomienda juegos según lo que juegan los contactos de cada chico. Eso la convierte en un ecosistema con lógicas parecidas a las de las redes sociales, aunque sus responsables insistan en diferenciarla. Para una madre o un padre que nunca abrió la aplicación, la traducción más cercana es esta: es como si el chico tuviera su propia cuenta con seguidores, comentarios y un grupito de pertenencia, solo que vestido de juego.
Grooming y configuración: lo que sí se puede hacer hoy
Entre los riesgos más serios está el grooming. La posibilidad de que adultos contacten a menores dentro de la plataforma es real y está documentada. Schulkin no propone el rechazo automático ni la prohibición a libro cerrado: propone configurar de verdad. En criollo, eso significa sentarse un rato con el chico, ajustar los controles de privacidad, revisar quién puede chatear con el menor y habilitar las restricciones de contacto. Configuraciones básicas, sí, pero que muchas familias nunca llegaron a tocar.
Lo que sigue faltando, y acá está el hueso de la cuestión, es una conversación larga y sin apuro en cada casa. Porque mientras los padres debatimos si Roblox es bueno o es malo, los chicos ya están adentro, ya eligieron su avatar y ya armaron su lista de contactos. El primer paso no es sacarles el teléfono: es entrar, mirar, preguntar y, sobre todo, entender antes de decidir. Lo demás, viene después.
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