Tom Cruise vuelve al teatro bajo la sombra de Iñárritu y la pregunta que incomoda al cine
El director mexicano regresa al mundo que exploró en "Birdman" con una película más áspera, menos celebratoria, sobre los dilemas del arte financiado por el mismo poder que denuncia.

Hay una escena que todavía me persigue desde la sala donde vi "Digger" la semana pasada, y que sirve para entrar en este texto del modo en que a mí me gusta entrar: por la primera imagen, no por la ficha técnica. Tom Cruise está parado en el centro de un escenario vacío, con la cara empapada en sudor, repitiendo un parlamento que no le sale. No hay público en las butacas, apenas un par de focos técnicos prendidos y un silencio espeso que parece masticar las paredes del teatro. Esa secuencia abre la película y, sin necesidad de grandes anuncios, ya marca el tono de todo lo que viene después: el de un artista famoso que sabe que su próxima obra puede ser un fracaso estrepitoso y que, aun así, sigue subiendo a escena cada noche como si le fuera la vida en cada función.
La película marca el reencuentro de Alejandro González Iñárritu con el mundo que exploró en "Birdman" (2014), aquel largo donde Michael Keaton, Edward Norton y Emma Stone convertían el teatro de Broadway en un ring de boxeo emocional. Pasan más de diez años de aquella experiencia y el director mexicano vuelve a la carga con un reparto enorme que tiene a Cruise como eje y a una troupe de actores secundarios entre los que se cruzan nombres de la talla de Jesse Plemons, Brendan Fraser, Riz Ahmed, Sandra Hüller y el mexicano Gael García Bernal, más la joven Chase Infiniti. Es decir: no es un capricho personal del realizador, sino una producción con todas las de ganar o de perder en la carrera por los Oscar, donde Cruise tiene el papel que podría sostener una candidatura individual en el rubro masculino protagónico.
La trama se cocina así: un director de teatro, encarnado por Cruise, acepta el respaldo económico de un magnate para montar una obra que, en apariencia, denuncia los excesos de ese mismo entorno de privilegio. La operación tiene una trampa moral que la película no se ahorra subrayar: el dinero que financia la crítica es el mismo que el artista dice combatir. Para sumar complejidad, hay una herida íntima en el medio, la hija del personaje atrapada en una situación que ese mundo de poder contribuyó a crear, y que funciona como motor emocional y como justificación pública para aceptar la plata que, en teoría, repudia.
Una pregunta que la película pone sobre la mesa y no cierra
A diferencia de "Birdman", "Digger" prescinde del recurso del falso plano secuencia largo que volvía a aquella una experiencia visual casi circense, pero conserva casi todo lo demás: el backstage como mapa emocional, la estrella enfrentada a sus propios fantasmas, el público como testigo y juez. El cambio de fondo está en la intención: si la película de 2014 dejaba alguna puerta abierta al optimismo sobre la creación, esta nueva entrega termina con pocas concesiones y un cierre que incomoda, porque no le regala al espectador la catarsis limpia que el cine de premios acostumbra a entregar. Esa elección la coloca en una posición incómoda en el calendario de la temporada, donde los títulos más consensuados suelen tener ventaja.
Por eso me parece honesto decirlo de entrada: "Digger" no es una película amable ni busca serlo. Es una propuesta áspera, ambiciosa y un poco densa, que incomoda tanto como atrapa y que, sobre todo, deja una pregunta flotando mucho después de que se apagan las luces de la sala: si el arte denuncia al dinero que lo financia, ¿puede hacerlo sin convertirse en parte del problema que señala? La respuesta no la da el film, y en parte está ahí su mérito. Para mí, alcanza y sobra para recomendar la función: vayan, déjense llevar por la incomodidad y después discutimos a la salida, como en los buenos viejos tiempos de ir al cine y quedarse en la puerta comentando durante un rato largo.
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