Tony Kiritsis, el hombre que secuestró a un banquero para hablar por televisión y que ahora revive Gus Van Sant
La película, que pasó casi desapercibida en los cines norteamericanos con apenas 3,8 millones de dólares de recaudación, acaba de desembarcar en Movistar Plus y le devuelve a Bill Skarsgård un papel protagónico dentro del género.

Me acuerdo como si fuera ayer de una función de hace más de veinte años en la que Gus Van Sant mostró que se podía contar una historia tremenda sin estridencias, dejándola flotar, y la verdad es que esa misma sensibilidad aparece en la película que ahora llegó a la plataforma Movistar Plus y que vuelve a poner al director en contacto con personajes que se chocan contra un muro y deciden pasar al otro lado. La película se llama "Dead Man's Wire", aunque en algunos mercados se la conoce como "Prime Crime: A True Story", y reconstruye, con una tensión que se palpa, el caso real de Tony Kiritsis, un hombre que en mil novecientos setenta y siete entró a la sede de un banco de Indianápolis con un dispositivo casero atado a la muñeca del hijo del dueño y decidió, en lugar de pedir un rescate clásico, exigir que lo dejaran hablar en vivo por la televisión nacional.
La historia es de esas que parecen inventadas pero no: Kiritsis había pedido un préstamo para comprar un terreno y el banco se lo negó. Sospechó que la entidad quería quedarse con la propiedad para especular, armó una especie de collar explosivo de fabricación propia y lo conectó al muchacho mientras negociaba. A cambio de liberarlo, pidió dos cosas: una indemnización económica y la posibilidad de contar su versión frente a las cámaras. Y lo logró, porque la policía lo dejó hablar durante varias horas por la señal local, algo que en aquel entonces fue una rareza absoluta y que la película reconstruye como si uno estuviera mirando la cinta original.
El reencuentro de Van Sant con el cine de género
El que carga con todo el peso de la trama es Bill Skarsgård, el actor sueco que viene de moverse con soltura entre el terror y el drama y que acá compone a un Kiritsis desesperado pero dueño de una lógica interna que lo hace verosímil. La película trabaja con recursos del thriller urbano de los años setenta, esos en los que la presión policial y la cobertura mediática en vivo se pisan una a la otra, y cierra con música de Gil Scott-Heron, un guiño que carga al desenlace de una lectura política sin que la película se vaya de registro. No resuelve todas sus contradicciones, pero deja pensando sobre los límites reales de alguien que intenta pelearle mano a mano a un sistema que lo supera.
En los cines norteamericanos la película recaudó apenas tres millones ochocientos mil dólares con un presupuesto estimado por debajo de los quince millones, números discretos que la dejaron afuera de la conversación grande del último verano boreal. Ahora, con su desembarco en streaming, encuentra esa segunda oportunidad que hoy tienen casi todos los títulos del género. Si te gusta el cine que se toma en serio personajes al borde del precipicio, esta es una de esas Joyitas para ver el fin de semana con un café al lado y el teléfono en silencio.
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