Una joya del cine cubano que aún incomoda: vuelve "Memorias del subdesarrollo"
El clásico de Tomás Gutiérrez Alea, pieza clave del Tercer Cine, llega a la pantalla grande con su retrato de un escritor que se queda en Cuba mientras todo cambia a su alrededor.

Les tengo que confesar algo: pocas veces una película me clavó en la butaca con la misma intensidad con la que lo hizo "Memorias del subdesarrollo" la primera vez que la vi, hace ya más de veinte años, en una función a sala casi vacía. Aquella noche salí caminando por la calle como si el mundo me pesara un poco más en los hombros, y la verdad es que esa sensación nunca terminó de irse del todo. Así que cuando me confirmaron que el clásico de Tomás Gutiérrez Alea regresa a las salas, no pude menos que festejarlo como lo que es: una pequeña celebración para los que amamos el cine que incomoda, que pregunta y que se anima a meterse con los temas más espinosos de nuestra América.
La película, rodada en 1968, cuenta la historia de Sergio, un escritor habanero habituado a la vida cómoda de la burguesía, que decide quedarse en Cuba cuando su familia se sube al avión rumbo a Miami. No es un revolucionario, ojo, ni un héroe de panfleto: es un tipo hastiado, más bien descreído, que se queda porque ya no le queda otra cosa en qué creer. Su permanencia está ligada al cansancio más que a una convicción política, y ahí, justamente, empieza lo fascinante del personaje que Alea construye con bisturí.
Un escritor, sus mujeres y una isla en plena revolución
Mientras la Revolución Cubana avanza y modifica el paisaje social de la isla, Sergio no se limita a mirar: también establece relaciones sentimentales con mujeres más jóvenes, a las que busca moldear a su imagen y semejanza, desde sus lecturas hasta la forma en que se visten. Ese intento de moldear a las otras personas habla tanto de la personalidad del protagonista como de las diferencias de clase que el filme expone sin golpes bajos. Alea no le ahorra al espectador la incomodidad de ver a un hombre que se cree dueño de la verdad, y ese retrato sigue siendo, sixty años después, de una vigencia alarmante.
El relato no avanza de manera lineal, y ahí aparece otro de los grandes hallazgos de la película: Alea mezcla la ficción con material de archivo real, incluyendo registros de la Crisis de los Misiles, esos días de octubre del sesenta y dos en los que el mundo estuvo a un paso del desastre. Esa combinación de saltos al pasado e imágenes documentales le da al filme una dimensión colectiva que excede por completo la vida privada del escritor. La historia personal se cruza con la historia grande, y el resultado: una protagonista que se vuelve mucho más grande que su propia historia.
Una pieza clave del Tercer Cine
- La película se inscribe en el Tercer Cine, una corriente que buscó romper con el modelo comercial de Hollywood y con el cine de autor europeo, mezclando experimentación estética con compromiso político y social.
- El movimiento tuvo su epicentro en América Latina y encontró en Cuba, gracias al acceso a cámaras y celuloide más baratos, un terreno fértil para producir con mayor libertad creativa.
- El propio Alea es considerado uno de los grandes nombres de esa corriente, junto a realizadores como Fernando Birri y Glauber Rocha.
- La inclusión de imágenes de archivo no es un adorno: es parte de la propuesta del Tercer Cine, que rechazaba la ficción descontextualizada y buscaba anclar las películas en la realidad concreta del continente.
Si nunca se cruzaron con esta película, les digo que están a tiempo de corregir ese agujero en la historia del cine. Si ya la vieron, como me pasó a mí aquella vez de hace más de veinte años, saben bien que Alea nos dejó una obra que sigue dialogando con nuestro presente, con nuestras zonas más grises, con esa pregunta incómoda sobre qué hacemos cuando todo cambia a nuestro alrededor. Los invito a buscarla en la cartelera: es de esas películas que uno ve, revisa y vuelve a ver, y cada vez descubre algo nuevo.
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