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Chicos que tocan un instrumento rinden mejor en la escuela, pero la causa todavía no está cerrada

Un estudio de la Universidad Northeastern comparó a 76 niños de entre 7 y 9 años y encontró diferencias a favor de quienes practicaban música. Los propios autores aclaran que el trabajo no prueba causalidad y que el costo de la formación puede dejar a muchos afuera.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
Chicos que tocan un instrumento rinden mejor en la escuela, pero la causa todavía no está cerrada

En cualquier barrio porteño donde todavía queda una escuelita de música con el piano desafinado y las paredes descascaradas, la pregunta vuelve cada año: ¿vale la pena mandar al chico a clases? La respuesta corta es que hay buenas noticias y, como suele pasar, también un llamado de atención. Una investigación de la Universidad Northeastern, en Boston, volvió a poner sobre la mesa la relación entre tocar un instrumento y el rendimiento escolar, y lo hizo con un dato concreto: los chicos con formación musical obtuvieron mejores puntajes en pruebas de memoria, razonamiento, vocabulario y, lo que más interesa a las familias, también en lectura, escritura y matemática.

El trabajo reunió a 76 niños de entre 7 y 9 años, divididos en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad tocaba un instrumento —sobre todo piano y cuerdas— y le dedicaba al menos 30 minutos semanales de práctica; la otra mitad no tenía formación musical. Cuando los sometieron a distintas evaluaciones, los músicos sacaron ventaja. Lo llamativo es que la diferencia no se limitó a lo cognitivo: también se vio en el aula, con mejores resultados en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.

Qué se pone en juego cuando un chico toca

La investigadora Psyche Loui, profesora de Música de Northeastern, lo explica desde lo que pasa arriba del escenario de cualquier acto escolar: leer una partitura, mantener el ritmo y coordinar los dedos al mismo tiempo obliga al cerebro a atender varias tareas en paralelo. Esa exigencia, dijo, entrena las llamadas funciones ejecutivas, que son las que permiten planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarse a los cambios. En criollo: la misma gimnasia que se hace al tocar sirve para resolver un problema de matemática o para no perder el hilo de una consigna larga.

“Aprender un instrumento ejercita la escucha, la planificación y la autorregulación. Es una de las cosas más completas que puede hacer un chico por su desarrollo.”Anita Collins, investigadora y educadora musical
  • Memoria de trabajo: retener información breve mientras se usa, como recordar una consigna mientras se resuelve.
  • Razonamiento y vocabulario: mejor desempeño en pruebas que miden comprensión verbal.
  • Lectura y escritura: ventajas en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.
  • Matemática: mejores resultados en evaluaciones escolares.

A esa lista se sumaron imágenes de resonancia magnética en 50 de los participantes. Allí apareció una diferencia en una vía cerebral que conecta regiones asociadas con la audición, el lenguaje y el movimiento, un dato que abre la puerta a futuras líneas de investigación pero que, como aclara el equipo, no zanja la discusión.

Porque acá viene el matter. El estudio no demostró que las clases de música hayan causado esas diferencias. Los chicos no fueron asignados al azar a tocar o no tocar: fueron sus familias las que decidieron. Y acá aparece Roberto, un vecino de Villa del Parque que manda a su hija de 8 años a clases de violín en el centro cultural del barrio. Conversando en la vereda, mientras esperaba que saliera, me decía: "Yo la anoté porque me gusta la música, no porque fuera a sacarle mejores notas. Si encima le sirve para la escuela, mejor, pero no fue el motivo". Esa frase, multiplicada por miles, es exactamente lo que los investigadores remarcan: las familias que acercan a sus hijos a un instrumento suelen ofrecer también libros, viajes, conversaciones y otras experiencias que también alimentan el aprendizaje.

El propio equipo lo aclara: aunque compararon grupos de condiciones socioeconómicas similares, eso no alcanza para descartar otras explicaciones. Puede haber algo de música, pero también puede haber algo del entorno. Es la diferencia entre una correlación y una causalidad, y conviene tenerla presente antes de correr a anotar al chico en la primera academia del barrio.

La investigadora Loui lo planteó con una frase que vale la pena repetir: los resultados permiten explorar la relación entre música y aprendizaje, pero no probar que las clases provoquen la mejora. En otras palabras, el estudio abre una puerta, no la cierra.

Lo que sigue faltando: acceso y plata

Porque el otro punto que el trabajo pone sobre la mesa, y que en la Argentina duele especialmente, es el del acceso. Los propios investigadores reconocieron que el costo de la formación musical puede limitar quién llega y quién se queda afuera. Un instrumento, las clases particulares, el traslado: todo suma, y en un país donde la mitad de los chicos vive por debajo de la línea de pobreza, esa ecuación se vuelve casi imposible para muchas familias.

Mientras el municipio de la Ciudad de Buenos Aires insiste con sus programas de orquestas infantiles y las provincias ofrecen, cuando pueden, algunos talleres gratuitos, la brecha entre los que pueden pagar una academia y los que dependen de un espacio público sigue siendo enorme. El hallazgo de Northeastern es una buena noticia, sí, pero también es un recordatorio de que sin políticas que garanticen el acceso, la música seguirá siendo un privilegio de pocos y no una herramienta de desarrollo para todos.

Por ahora, lo que tenemos es esto: un estudio que muestra una asociación clara entre tocar un instrumento y mejores rendimientos cognitivos y escolares, con el asterisco de que todavía no se pudo demostrar que la música sea la causa. Falta, como siempre, que la investigación avance, pero sobre todo falta que la oferta llegue a los chicos que más la necesitan. Mientras tanto, en las veredas de los barrios, las familias siguen tomando decisiones con lo que tienen a mano: algo de plata, algo de tiempo, y muchas ganas de que a sus hijos les vaya un poco mejor.

PN
Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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