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Después de los 50, la fuerza que se entrena es la fuerza que se usa: levantarse, cargar, subir, bajar

El Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte recomienda trabajar la fuerza al menos dos veces por semana. Especialistas explican qué movimientos conviene sumar a la rutina para sostener las tareas cotidianas sin asistencia y reducir el riesgo de caídas.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · 29 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Te lo resumo desde el barrio, con la puerta entreabierta y el mate de las cinco todavía tibio: después de los 50, el cuerpo empieza a discutir algunas cosas que antes daba por sentadas. Levantarse de una silla sin hacer fuerza con los brazos, cargar la bolsa del súper hasta la cocina, alcanzar el estante de arriba para bajar los platos, agacharse a buscar algo que se cayó al piso. Son movimientos tan cotidianos que uno ni los piensa, hasta que un día cuestan. Y lo curioso es que la pérdida de fuerza muscular empieza mucho antes de que la notemos: puede comenzar de manera gradual desde los 30, aunque recién se perciba varias décadas más tarde. Por eso, entrenar la fuerza después de los 50 no es una cuestión estética ni deportiva: es, lisa y llanamente, una manera de sostener la autonomía. Conservar músculo, cuidar los huesos y mantener la capacidad de resolver las tareas diarias sin asistencia es el verdadero objetivo de una rutina bien armada.

El punto de partida es bastante concreto. El Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte recomienda trabajar la fuerza al menos dos veces por semana, con entre una y tres series de seis a quince repeticiones por ejercicio. Pero la cifra, claro, no es una receta universal: la elección de ejercicios y cargas tiene que contemplar la condición física y los antecedentes de salud de cada persona. Antes de empezar, conviene consultar a un profesional de la salud, sobre todo si hubo una cirugía, una lesión o si existen enfermedades preexistentes. Parece de sentido común, pero cuántas veces uno arranca con entusiasmo en enero y termina renegando en marzo porque le duele la rodilla y nadie le había dicho que empiece de a poco.

Pensar la rutina desde las tareas que se quieren sostener

Charlie Grundas, entrenador certificado, pone el foco en un detalle que suele pasar desapercibido. El propósito de entrenar después de los 50 no es solamente mantener una cifra en la balanza o un marcador en el gimnasio: es preservar los movimientos que usamos todos los días. Por eso, la rutina puede armarse a partir de las acciones que se busca sostener. La sentadilla con una pesa frente al pecho, por ejemplo, trabaja piernas, glúteos y abdomen, que son los músculos que uno pone en juego al levantarse de una silla. No hace falta bajar hasta el tope: el descenso debe llegar hasta una posición cómoda, sin forzar las articulaciones.

Recoger algo del piso exige otro patrón: llevar las caderas hacia atrás, con las rodillas apenas flexionadas. Ese movimiento se practica con el peso muerto rumano, que puede aprenderse sin carga antes de sumar una mancuerna o una pesa rusa. Y para las acciones que requieren elevar los brazos, como guardar la vajilla en un estante, el press de hombros sentado permite trabajar la musculatura involucrada sin quedar expuesto a una carga descontrolada. Son ejercicios pensados para la vida, no para una foto.

El equilibrio, ese bien que se da por sentado

El equilibrio también forma parte de la autonomía, y a veces se lo cuida menos de lo que debería. Sentarse en el piso y volver a levantarse, por ejemplo, combina fuerza, movilidad y control corporal en un solo gesto. Grundas propone empezar con tres a cinco repeticiones y ayudarse con las manos cuando haga falta, con la idea de reducir los apoyos de manera progresiva, siempre sin forzar las articulaciones ni perder estabilidad.

En la misma conversación, el entrenador certificado Will Hewitt suma otra pieza: fortalecer el abdomen contribuye al equilibrio y puede disminuir el riesgo de caídas. Una alternativa concreta es sostener la posición de oso, con manos y puntas de los pies apoyadas y las rodillas apenas elevadas. Para empezar, se pueden apoyar las manos sobre un banco firme mientras se gana confianza. Después, cuando el cuerpo lo permita, se baja al piso. Es un progreso que se mide en semanas, no en días.

Lo que sigue faltando, en la mayoría de los barrios, es el paso más importante: el primer paso. Faltan turnos accesibles con profesionales de la salud que evalúen punto por punto antes de empezar; faltan gimnasios con profesores formados en poblaciones de mediana edad y arriba; faltan obras sociales que cubran programas de entrenamiento supervisado como lo que cubren con otras prácticas; y falta, sobre todo, que el municipio se haga cargo de la discusión. Porque mientras en los centros de salud barriales sigan sin responder cuándo se puede empezar, qué se puede hacer y con quién, la respuesta más común sigue siendo la misma de siempre: quedarse en casa y arreglarse solo. Y eso, a esta altura de la vida, es justamente lo que queremos dejar de hacer.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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