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En Roseti 93, Chacarita, suena otra forma de escuchar música: sin notificaciones y con parlantes de 1954

Artlab lleva una década convocando a dejar el celular en el bolsillo y entregarse al vinilo y al house. Este domingo cierra allí la octava edición porteña de MUTEK, el festival canadiense de música electrónica experimental.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
En Roseti 93, Chacarita, suena otra forma de escuchar música: sin notificaciones y con parlantes de 1954

Llevo un rato dando vueltas por la esquina de Roseti 93, en Chacarita, intentando entender por qué un lugar que casi no tiene cartel en la puerta se convirtió en punto de encuentro para un puñado de porteños que prefiere escuchar música sin mirar el celular. Artlab funciona ahí desde 2015, ocupa unos 540 metros cuadrados y es, a la vez, un taller, una pista y una sala de estar para melómanos. Lo dirige Gonzalo Solimano, DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, que con los años fue armando una propuesta alrededor de algo tan poco frecuente como una colección de ocho sistemas de parlantes Altec modelo A7, fabricados en 1954.

Según me cuenta el propio Solimano, hay indicios de que esos equipos salieron de un cine porteño emblemático, aunque la procedencia todavía no se pudo verificar del todo. Esa duda, lejos de ser un problema, forma parte del atractivo: son cajas que vienen de una época en la que el sonido se construía con madera, con transformadores pesados y con una mano de obra que ya no existe. Cuando uno se para frente a uno de esos parlantes y empieza a sonar un vinilo, la diferencia se nota, y no hace falta ser ingeniero para escucharla.

Dos ciclos para dejar el teléfono en el bolsillo

El corazón del lugar son dos propuestas que se repiten de manera regular. Audiófilos es la más radical: la idea es escuchar un álbum completo, de principio a fin, sin distracciones. El programa puede ir desde Miles Davis hasta Pink Floyd, pasando por Invisible o Massive Attack, y el formato varía según qué le siente mejor a cada obra: vinilo, CD o archivos lossless. No hay pantalla, no hay mensaje, no hay scroll. Círculo de Sonido, en cambio, mantiene la tradición bailable del house, con Solimano y otros DJs en consola, para los que prefieren mover el cuerpo antes que quedarse sentados en una silla.

“Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.”Gonzalo Solimano, director de Artlab

Esta semana, además, Artlab es sede del cierre de la octava edición porteña de MUTEK, un festival nacido en Canadá en el año 2000 y que Solimano trajo al país en 2018. La idea de MUTEK no es competir con los festivales masivos de música electrónica, sino abrir una puerta a la experimentación, al cruce con el arte audiovisual y a la aparición de nuevas tecnologías. Quienes se acerquen este domingo van a encontrarse con ese perfil: más escucha que baile, más propuesta que hits.

Qué hay detrás del regreso del formato físico

Le pregunto a Solimano por qué, según su mirada, los más jóvenes están volviendo al vinilo y hasta redescubriendo el CD. Su respuesta me parece sincera y algo melancólica al mismo tiempo: atribuye el fenómeno a una necesidad de recuperar rituales en un presente donde la música se consume de modo fugaz, entre notificaciones. En su visión, el formato físico impone una pausa, obliga a elegir un disco, a poner la púa, a escuchar hasta el final. Es un argumento que se repite en muchas conversaciones del rubro, pero acá tiene la particularidad de estar sostenido por una sala concreta, con equipos que tienen más de medio siglo.

También le pido su lectura sobre la inteligencia artificial en la creación musical, un tema que atraviesa cualquier charla sobre música hoy. La respuesta de Solimano es de manual: la IA como herramienta, nunca como reemplazo. Es un recurso potente, me dice, cuya clave está en que asista al artista para crecer en su investigación y simplificar procesos, no en que haga la obra por uno. La aclaración parece de Perogrullo, pero en un ámbito donde la herramienta avanza a velocidad sideral, escucharla de boca de un productor con dos décadas de oficio no es menor.

Mientras me voy de Roseti 93, sigo pensando en una pregunta que me quedó dando vueltas: por qué hace falta cruzar media ciudad y entrar a un galpón casi sin señal para volver a escuchar música como se escuchaba hace sesenta años. La respuesta del Municipio porteño sobre por qué no hay más espacios públicos con este perfil todavía no llegó. Lo que sigue faltando, en todo caso, es que propuestas como Artlab dejen de ser una excepción y empiecen a ser parte de la vida cotidiana de más barrios. Mientras tanto, la dirección para los curiosos es esa: Roseti 93, Chacarita, puerta adentro y teléfono en el bolsillo.

Y a ustedes, lectores, les dejo la pregunta que me llevo a casa: ¿irían a escuchar un álbum entero sin mirar el celular, o el formato les resulta demasiado ajeno a cómo consumen música hoy? Las respuestas, me parece, dicen bastante de cómo nos estamos relacionando con el sonido en esta época.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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