"Los seis o ninguno": la maestra que adoptó a seis hermanos y terminó criando a nueve en un mismo techo
María Laura tenía 38 años, era docente y se topó con los chicos en el aula. Después de años de idas y vueltas, una separación, un "te elegimos para ser nuestra mamá" dicho en un recreo y un embarazo sorpresa, hoy la familia suma siete hijos. Una historia contada en primera persona, con todas las costuras que todavía asoman.

Vine a buscarlos al barrio, como se busca a alguien que todavía no sabe que uno va a cambiarle la vida. María Laura es maestra y los conoció en el aula: dos de los seis hermanos que hoy son sus hijos eran sus alumnos. Ella iba a la escuela, daba clases y, cuando terminaba la jornada, cruzaba la calle hasta el hogar donde vivían esos chicos hacía ya cinco años. Así, sin grandes declaraciones, empezó a tejerse una historia que hoy cuenta con cuatro mayores de edad, dos adolescentes y un bebé de poco más de un año.
Tengo que ser honesta: al principio la idea me parecía una locura. María Laura tenía 38 años y vivía con su pareja en un departamento chico. Hacerse cargo de seis niños a la vez era, como mínimo, una conversación difícil. La pareja temía no poder sostener económicamente el proyecto, y la propia María Laura dudaba. Llegaron a separarse un tiempo. Los trámites de adopción, igual, se iniciaron igual: sola, con la decisión tomada y el cuerpo todavía temblando.
Un recreo, una frase, y todo se aceleró
El proceso de vinculación fue largo y tuvo varias etapas, con idas y vueltas que la propia María Laura no esconde. Los chicos tampoco querían ser adoptados al principio y ella tampoco se sentía lista para el paso definitivo. La figura que funcionó para todos fue la de referente afectivo: alguien que aparece, se queda y, sobre todo, no se va. Cuando le preguntaron si quería a uno, a los gemelos o a los mellizos, la respuesta fue clara: "Quiero estar con los seis".
Los hermanos habían construido entre ellos un bloque muy sólido durante los años en el sistema. La mayor, Daiana, los había cuidado durante todo ese tiempo. Cederle ese rol a otra persona no fue un trámite: fue un duelo. "La más grande tenía que cederme el derecho a cuidarlos. Fue un desafío que ella tuvo que afrontar: dejarme el cuidado de los chicos a mí, de a poco", recordó María Laura, y se le nota en la voz que todavía se le eriza la piel cuando lo cuenta.
El punto de inflexión llegó en un recreo escolar. Algunos de los chicos se acercaron y le dijeron, tal cual: "Te elegimos para ser nuestra mamá". Desde ese momento, los papeles se orientaron hacia la convivencia y no hacia atrás.
El bebé que llegó sin aviso
Pocos meses después de obtener la guarda, María Laura se hizo un test de embarazo y el mundo le dio otra vuelta de tuerca. Estaba esperando un hijo propio. Uno de los gemelos, mientras tanto, le besaba la panza y repetía "hola, bebé" antes de que nadie, ni ella misma, supiera que Nahitan estaba en camino. Así se enteró: por los labios de un chico de trece años que ya la llamaba mamá.
- Daniel y Milo (13), los gemelos, y Maiara y Lionel (16), los mellizos: cursan en una escuela técnica.
- Zaira (18): termina el secundario este año.
- Daiana (20): estudia Abogacía.
- Nahitan, poco más de un año: el bebé que llegó después de la adopción.
- La pareja de María Laura retomó el vínculo y ocupa hoy el rol de padre en la familia.
"Son el amor de mi vida. Es la familia que siempre esperé, siempre quise una familia grande y hoy la tengo unida", dice María Laura, que participa de la Asociación Civil Adopten Niñes Grandes, donde acompaña a familias que están transitando lo mismo que ella transitó. La frase suena a bajada de línea y, sin embargo, es lo más parecido a una verdad que se puede decir desde un living lleno de mochilas y zapatillas mal puestas.
Lo que sigue faltando
La familia hoy funciona, pero el Estado todavía les debe varias cuentas. Las respuestas del municipio a consultas puntuales sobre becas, viviendas adaptadas para una familia de nueve o continuidad de acompañamiento para los hermanos mayores siguen sin llegar. María Laura no se queja por costumbre: lo hace porque todavía hay chicos institucionalizados que esperan en un hogar algo parecido a lo que a sus hijos les pasó en un recreo. Mientras tanto, en esa casa, Nahitan da sus primeros pasos entre las piernas de hermanos que ya eligieron ser, para siempre, su tribu.
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