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Siete días con los chicos sin comer: el drama de una familia varada en La Pileta, en la meseta neuquina

Una mujer y sus tres hijos quedaron aislados por el barro en un paraje del departamento Catán Lil. La Policía de Las Coloradas avanzó doce kilómetros entre greda y agua para asistirlos. El caso reabre el debate sobre el abandono de los caminos rurales en tiempos de lluvia.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana · · 3 min de lectura
Siete días con los chicos sin comer: el drama de una familia varada en La Pileta, en la meseta neuquina

Desde la escuela rural del Paraje La Pileta, en el corazón del departamento Catán Lil, el horizonte es el mismo de siempre: un plano interminable de meseta, viento y unos cuantos alambrados que se pierden de vista. Pero la última semana esa planicie se transformó en un enemigo. Las lluvias torrenciales que cayeron sobre el norte neuquino convirtieron los caminos vecinales en ríos de barro y greda suelta, y dejaron a varias familias crianceras incomunicadas. Entre ellas, a una mujer y a sus tres hijos, de 14, 12 y 10 años, que pasaron siete días sin poder salir a buscar comida.

El alerta llegó el miércoles, cerca de las cuatro de la tarde, a la Comisaría 31 de Las Coloradas. Del otro lado de la línea, la voz se cortaba. La familia que pedía ayuda estaba en algún punto de la meseta, aislada, sin precisión sobre el lugar exacto. Los efectivos primero fueron hasta el paraje Cortaderas a recabar más datos, pero la urgencia no esperaba. Decidieron meterse igual. Un primer móvil avanzó doce kilómetros por un camino vecinal completamente anegado, entre lluvia, barro y greda suelta, hasta dar con el Paraje La Pileta, a unos diez kilómetros de Cortaderas.

Lo que encontraron al otro lado del barro

Cuando finalmente pudieron llegar, lo que vieron fue una emergencia alimentaria en plena ejecución. La mujer es la esposa de un productor rural de 82 años; estaba con los tres chicos, sin poder salir a abastecerse desde hacía una semana. Las tormentas habían tapado los accesos y no había manera de caminar hasta la ruta ni de pedir un remise. Para corroborar que la urgencia era real, al primer móvil se sumó un segundo: en total, seis efectivos coordinaron el operativo en el lugar.

“Personal policial puso a disposición el recurso humano y automotriz para realizar las tareas pertinentes.”Subcomisario Ángel Salazar, jefe de la Comisaría 31 de Las Coloradas

El procedimiento fue lo más directo posible, en medio de un temporal. La sacaron del paraje, la llevaron hasta donde un familiar podía pasarle alimentos y después la escoltaron de regreso a La Pileta con las provisiones para los chicos. Cuando los policías se fueron, los tres niños tenían qué comer. Esa misma noche, en la escuela del paraje, varias familias todavía no saben cómo van a hacer cuando se acaben las reservas.

El problema de fondo: caminos que se cortan y un Estado que llega tarde

  • La familia llevaba siete días incomunicada y sin alimentos en el Paraje La Pileta.
  • El móvil policial recorrió caminos vecinales anegados por doce kilómetros para llegar.
  • La zona es productora ganadera y está en plena temporada de pariciones, con los productores abocados al campo.
  • La mujer es la esposa de un criador de 82 años; los caminos rurales son su única conexión con la localidad más cercana.
  • El caso muestra la falta de mantenimiento de los caminos vecinales en el interior neuquino.
  • La respuesta llegó recién cuando la situación ya era crítica: una semana después del aislamiento.

Vecinos de la zona, como Don Armando, que conoce cada huella de la meseta porque la transita desde hace más de cuarenta años, repiten una frase que se escucha cada vez que llueve fuerte: 'Acá nos acordamos de nosotros cuando ya estamos pasando hambre'. La lectura es simple y dolorosa. Doce kilómetros de barro pueden parecer poca cosa en el mapa, pero para una familia sin reservas equivalen a varios días sin acceso al pueblo más cercano. Y esa distancia, cuando no hay comida en la mesa, puede escalar rápido de la preocupación a la tragedia.

El caso del Paraje La Pileta deja en evidencia lo que las estadísticas oficiales no siempre muestran: que para las familias crianceras que viven en parajes alejados de Neuquén el aislamiento no es una contingencia excepcional, sino un riesgo latente cada vez que el clima se complica. La pregunta que queda abierta es cuánto falta todavía: si van a pasar otra vez siete días hasta que vuelva a caer un poco de agua y el camino se vuelva a cortar. Mientras tanto, en La Pileta, los tres chicos ya comieron gracias al patrullero. Pero la próxima tormenta, si no se arreglan los caminos, los puede volver a dejar a oscuras.

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Paula NallimSociedad y vida cotidiana

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