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Miércoles, 14 de octubre de 2026
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Yemas de Santa Teresa: la receta clásica de la repostería española al alcance de la cocina hogareña

Con apenas yema de huevo, agua, azúcar y piel de limón se obtiene uno de los dulces más antiguos y reconocibles de España. La clave pasa por el almíbar a punto de hebra fina y una cocción paciente que puede extenderse hasta media hora, hasta conseguir unas pequeñas esferas rebozadas en azúcar glasé que coronan la sobremesa junto a un café.

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Ximena RiverosTurismo y montaña · · 2 min de lectura
Yemas de Santa Teresa: la receta clásica de la repostería española al alcance de la cocina hogareña

Las yemas de Santa Teresa ocupan desde hace siglos un lugar destacado dentro del repertorio de la repostería española, y lo hacen apelando a una despensa tan austera como exigente: yema de huevo, agua, azúcar y piel de limón. Son apenas cuatro ingredientes, pero la aparente sencillez de la lista contrasta con la atención que demanda la preparación, sobre todo en dos instancias que definen el resultado final: el punto exacto del almíbar y la cocción lenta de la mezcla, una etapa que puede prolongarse cerca de treinta minutos y que no admite apuros si se busca la textura característica.

El almíbar, primer veredicto

La elaboración arranca en la cocina con la preparación de un almíbar a partir del agua, el azúcar y la piel de limón, llevado a fuego medio hasta alcanzar los 105 grados centígrados, la temperatura que en el lenguaje repostero se conoce como punto de hebra fina. Quien cocine sin termómetro puede guiárselas por un indicio visual claro: el almíbar debe retirarse del fuego antes de que tome color, porque ese cambio de tonalidad anticipa un caramelo que ya no es el buscado para esta receta.

Las yemas, batidas y coladas

En paralelo, las yemas se baten por separado y luego se pasan por un colador fino, un paso imprescindible para descartar cualquier grumo que arruinaría la lisura final. Una vez coladas, se incorporan al almíbar vertido en hilo fino y sin dejar de batir con varillas metálicas, hasta lograr una mezcla completamente homogénea. Esa preparación regresa al fuego suave y se cocina con movimientos constantes hasta que espesa y se despega de las paredes del recipiente, en un proceso paciente que puede demandar alrededor de media hora y que define la untuosidad del dulce.

El armado: bolitas rebozadas y cápsulas de papel

Cuando la masa enfría, llega el momento de trabajarla con las manos apenas engrasadas con aceite vegetal, un recurso útil para evitar que se pegue dada la delicadeza de su textura. Con cuidado se forman pequeñas bolitas que se rebozan en azúcar glasé y se disponen en cápsulas de papel, listas para conservarse en la heladera hasta el momento de llevarlas a la mesa, donde se sirven en porciones pequeñas como bocado final junto a un café o una infusión, a la manera de un petit four discreto.

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Ximena RiverosTurismo y montaña

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